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`Píldoras Criminales`: Pilar Prades Santamaría, “La envenenadora de Valencia”

La muerte que sí se pensó



Hay crímenes que nacen del impulso. Un momento, una próxima víctima, una violencia que llega antes de que el pensamiento la frene. De eso habíamos hablado hasta aquí.


Pilar Prades Santamaría no tenía impulsos. Tenía paciencia.


Nació en Picassent, Valencia, en 1921. Hija de jornaleros, sin estudios, sin ningún sitio adonde ir que no fuera el servicio doméstico. Eso era lo que había para una mujer de su clase y de su tiempo: casas de otros, cocinas de otros, vidas de otros que ella sostendía desde los márgenes. Aprendió pronto que desde ese margen se ven cosas que los dueños de la casa no ven.

Aprendió también algo más: que nadie mira de verdad a quien sirve la comida. Ese detalle lo aprovechó bien.



El arma fue arsénico. No porque fuera lo más fácil de conseguir —aunque en la España rural de los años cuarenta y cincuenta no era difícil— sino porque era lo más invisible. El arsénico no deja escena. No hay sangre, no hay ruido, no hay nada que obligue a nadie a mirar. Hay una persona que se pone mala. Hay un médico que firma un certificado. Hay un entierro. Y la vida sigue.


Para eso necesitaba una cosa: estar cerca. Y ella siempre estaba cerca.

Trabajaba en casas. Cocinaba. Servía. Cuidaba enfermos. Era exactamente el tipo de presencia que en un hogar se vuelve invisible porque es necesaria: la mujer que está ahí, que hace las cosas, que nadie mira de frente porque hay que mirarla todos los días.


La primera muerte documentada es la de su empleadora, Dorotea López. Años cuarenta, una enferma a quien Pilar cuidaba. Murió despacio, como se muere de arsénico, que es de una forma que se parece mucho a morirse de otra cosa.El médico no sospechó. No había razón obvia para sospechar.

Después vinieron más. Un cuñado. Otra mujer de la familia. Un niño de cuatro años al que cuidó durante su enfermedad. Cada muerte se parecía a la anterior. Cada entierro tenía su lógica médica.


Entre muerte y muerte, Pilar seguía su rutina: la cocina, la limpieza, las casas de otros.

No había nada que encontrar porque nadie buscaba.

Aquí está el detalle que más cuesta de este caso: no hay un momento en que el sistema fallara de forma llamativa. Nadie ignoró una denuncia, nadie descartó una prueba, nadie cerró un expediente por comodidad. Simplemente nadie miró. Las víctimas murían en camas, con certificado médico, con entierro en regla. El patrón existía. Pero para ver un patrón hay que juntar los puntos, y para juntar los puntos alguien tiene que querer juntarlos.

Pilar Prades mató durante años porque mató en el lugar donde nadie buscaba asesinos: dentro de la casa, dentro de la familia, desde el lado de quien cuida.


La detuvieron en 1954, cuando las muertes habían llegado a ser demasiadas para seguir encajando solas. La autopsia de la última víctima —Enriqueta Martí, la hija de cuatro años de sus empleadores— detectó arsénico. Después vinieron las exhumaciones. Después las confesiones.


El juicio fue en 1959. Los testigos la describieron como una mujer tranquila, servicial, discreta. No hay nada en el registro que diga que inspiraba miedo. Eso es lo que más incomoda: que la maldad no siempre tiene cara reconocible, y que la cara que puso Pilar durante años fue la de alguien en quien se confía porque no queda más remedio.



La condenaron a muerte. El 19 de mayo de 1959 la ejecutaron con garrote vil en la cárcel de Predicadores de Valencia. Fue la última mujer ejecutada en España.

Lo fácil es quedarse con el apodo. “La envenenadora de Valencia”. Un nombre que ya dice a qué cajón va, que ya coloca la historia donde hace menos daño.

Lo difícil es mirar lo que hay debajo: que una mujer sin poder, sin ruido, sin nada que la pusiera en el mapa de las sospechas, mató durante años dentro de casas donde se suponía que estaba para ayudar. Que el sistema no falló por exceso de violencia sino por exceso de normalidad. Que las víctimas estaban en sus camas, no en descampados. Y que eso las hizo, a su manera, igual de invisibles.


Escalero mataba a gente a la que nadie buscaba porque nadie los miraba en vida.

Prades mataba a gente rodeada de familia, dentro de casas con nombre y dirección, y tampoco nadie lo veía. La distancia entre los dos casos es enorme. El resultado, el mismo.


Hay formas de matar que el sistema no está entrenado para reconocer. Esta era una de ellas. Y tardó demasiado en aprender.



Miguel Ángel Arranz Molins

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