Las muertes que nadie buscaba. Francisco García Escalero “ EL MATAMENDIGOS”
- revistasinfiltros
- Mar 19
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Hay muertos a los que nadie espera. Nadie pregunta por ellos esa misma noche, nadie insiste al día siguiente, nadie mueve un papel con verdadera prisa. No es que valgan menos. Es que vienen del lugar exacto del que uno prefiere no mirar: un banco de parque, un portal que huele a humedad, un colchón viejo bajo un puente. Personas que viven en los márgenes incluso cuando siguen vivas. Y que, cuando desaparecen, desaparecen dos veces.

Francisco García Escalero entendió eso muy pronto. Entendió dónde mirar. Porque él mismo venía de ese mismo borde, y eso no es un detalle menor.
Nació en Madrid en 1954. Chabola a doscientos metros del cementerio de la Almudena, que es una distancia que de noche se mide diferente. Pobreza, violencia doméstica, un padre que no sabía hacer otra cosa. Mientras otros niños estaban en patios de colegio, él vagaba por sitios donde el silencio tenía otra textura. Con doce años ya entraba al cementerio de noche. No era una travesura. Era otra cosa, algo que nadie quiso mirar demasiado de cerca entonces y que los psiquiatras tampoco supieron nombrar bien después.
Llegaron los diagnósticos. Trastornos, episodios psicóticos, ingresos en instituciones que no resolvían nada. El sistema lo registraba, lo trataba, lo soltaba y volvía a registrarlo. Diagnosticar y soltar. Eso era lo que había. A los dieciséis lo ingresaron en un psiquiátrico. Salió con una etiqueta nueva y ningún apoyo real para cargar con ella.
Después vino la cárcel. Doce años por violación. Luego la calle, que es adonde iba la gente que no tenía otro sitio. Cuando salió a los treinta, su padre había muerto y él no tenía nada que lo esperara. Alcohol, pastillas, mendicidad. Dormía donde podía. Pasaba días enteros sin hablar con nadie que lo conociera por su nombre. Y cuando las voces se ponían muy altas, volvía al cementerio de la Almudena. Siempre volvía ahí. Era el único sitio que no le pedía nada.

En agosto de 1987 mató a Paula Martínez. Era prostituta y toxicómana, que es cómo aparece en los informes, aunque también era una persona con nombre que esa noche no llegó a casa. Escalero la llevó a un descampado cerca de Cuzco, la apuñaló, la decapitó y quemó el cuerpo. La cabeza la tiró a un pozo. Esa misma noche, según contaría mucho después, volvió al cementerio. A caminar. Como siempre.
Después vinieron más. Un mendigo en el 88 al que emborrachó antes de matarlo, que era su forma de hacer las cosas. El cuerpo apareció días después en un solar. Nadie reclamó el nombre. El expediente no fue a ningún sitio porque nadie lo empujó. Meses después, otro hombre quemado entre cartones. La policía abrió diligencias. Las diligencias se cerraron solas.
En 1989 encontraron a Ángel, semidecapitado, con las yemas de los dedos amputadas. Y a Julio —sesenta y cinco años, sin familia que denunciara nada— cosido a puñaladas, el cuerpo carbonizado. Entre crimen y crimen, Escalero seguía su rutina. La limosna, el vino, las pastillas. Los paseos nocturnos por la Almudena. El cementerio como único punto fijo en una vida sin ningún punto fijo.
Nadie lo buscaba. No había ningún Francisco García Escalero en ninguna lista de sospechosos, porque sus víctimas tampoco estaban en ninguna lista. Mendigos. Personas sin domicilio, sin familia que llamara a comisaría, sin nadie que conectara un muerto en un solar con otro muerto en otro solar a dos kilómetros. El hilo existía. Caminaba de noche por la misma ciudad. Pero para encontrar un hilo hay que querer tirar de él, y eso cuesta más cuando las víctimas no tienen quien las llore en voz alta.
Aquí viene el detalle que más me cuesta de todo este caso: había confesado antes, ingresado en otro centro, que había matado gente. Lo registraron los médicos que lo atendieron. Nadie lo tomó en serio. La demencia era la explicación más cómoda, y cómoda aquí significa que no obligaba a hacer nada.

En 1993 ingresó voluntariamente en el Hospital Psiquiátrico Alonso Vega. Por primera vez en años tenía cama y techo y alguien que lo miraba durante el día. Se fugó con otro interno, Víctor Luis Criado. Dos días después Víctor apareció muerto junto al cementerio de la Almudena —cráneo hundido, cuerpo quemado, el de siempre— y Escalero intentó lanzarse contra un coche en marcha. Solo se rompió una pierna. En el hospital, con la escayola puesta, llamó a las enfermeras. Les dijo que había matado a mucha gente. Que por favor lo detuvieran. Que ya no quería seguir.
Lo detuvieron en abril de 1994. Cuando empezó a hablar no paró: catorce asesinatos, uno por uno, con detalles que nadie le había pedido.
El juicio fue en 1995. Los forenses coincidieron: esquizofrenia, alcoholismo crónico, trastorno grave de personalidad. También coincidieron en que era peligroso y que al mismo tiempo no era responsable de sus actos. Esas dos cosas juntas no tienen resolución limpia. El tribunal hizo lo que pudo: lo absolvió por enajenación mental y lo mandó al psiquiátrico penitenciario de Fontcalent.
Los trabajadores del centro decían que era amable. Que pasaba el día tomando el sol en su módulo. No sé qué hacer con ese dato. Lo pongo porque forma parte de la historia y porque algo me dice que tiene que estar.
Murió el 19 de agosto de 2014. Le habían dado una ciruela de postre. Entró en un reservado de la sala común para comérsela y no volvió a salir. La autopsia no pudo determinar si fue el corazón o si se atragantó. Hay algo en ese final —tan pequeño, tan sin testigos— que me persigue un poco. La misma oscuridad de siempre, pero esta vez sin víctima y sin crimen. Solo un hombre viejo con una fruta en la mano.

Once víctimas probadas. Catorce confesadas. Siete años sin que nadie conectara nada. Y antes de eso, treinta años de señales que el sistema vio y decidió no ver.
No falló en un punto concreto que se pueda señalar y corregir. Falló de la forma que más cuesta nombrar: ignorando de manera sistemática a la gente que nadie mira. Las víctimas primero. Él mismo, antes.
Eso no lo absuelve de nada.
Pero dice algo del resto que, me temo, seguimos prefiriendo no escuchar.
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Miguel Ángel Arranz Molins
Experto en Sociología Criminal y de la Desviación
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