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Píldoras Criminales: EL ARROPIERO El hombre que no necesitaba un escenario

Arrancamos esta sección con el caso que más me ha costado escribir. No por lo que hizo, que es mucho. Sino por lo que dice de todo lo demás. El mayor asesino en serie que ha dado España no tenía piso, no tenía agenda, no tenía cara conocida en ningún sitio. Solo tenía piernas. Y tiempo.



Hay asesinos que necesitan ser vistos. Que montan la escena, dejan firma, construyen personaje. Como si matar fuera también una forma de existir para alguien que de otra manera no existiría.


Manuel Delgado Villegas no era de esos.


Él caminaba. Eso era todo. Y en ese caminar fue dejando un rastro que nadie supo —o quiso, no lo sé— unir hasta que ya era tarde para demasiada gente.

Nació en 1943 en Benacazón, un pueblo de Sevilla donde el verano dura demasiado y los olivos se repiten hasta que dejan de verse. Posguerra, escasez, las palabras justas. Su madre murió en el parto. Él y su hermana se criaron con la abuela, aunque de eso tampoco hay mucho que contar, porque nadie lo contó. El padre aparecía poco. Era vendedor ambulante de arrope, ese dulce oscuro y espeso que compraba la gente cuando no había otra cosa que llevarse a la boca. De ahí viene el apodo. Del oficio del padre, no del suyo. Eso siempre me ha parecido un detalle raro, la verdad. No hubo un momento fundacional. Ningún incendio que lo explique todo de golpe.


Lo que hubo fue algo más silencioso y más difícil de señalar: desde niño tuvo episodios raros. Ausencias. Desconexiones. Momentos en los que parecía que no estaba del todo dentro de sí mismo. Hoy hablaríamos de epilepsia del lóbulo temporal, pero en la España de los cincuenta eso no tenía nombre preciso ni tratamiento que valiera. Él creció sabiendo que su cabeza podía traicionarle. Que había ratos en que no mandaba del todo sobre lo que hacía.

Eso no justifica nada. Quiero dejarlo claro. Pero sí importa. No sé exactamente para qué, pero importa.



Con dieciséis años ya no tenía sitio fijo. Andalucía, Levante, Cataluña. Una semana aquí, dos allá. Cajas, fruta, lo que hubiera. Con dieciocho entró en la Legión, que era adonde iban los que no tenían otro sitio adonde ir. Allí aprendió un golpe de cuello. Un golpe que mataría a mucha gente años después sin que nadie, durante mucho tiempo, conectara los puntos. Desertó. Y entonces se fue más lejos. Italia. Francia. Trabajó en lo que pudo, mendigó cuando no pudo, y según contaría después —ya detenido, ya hablando sin parar, a veces demasiado— también mató. Decía haber hecho trabajos para la mafia marsellesa. Haber llegado a París. Haber dejado un cuerpo cerca del Sena. Nada de eso se pudo verificar del todo, y hay quien dice que se lo inventó, aunque la verdad es que tampoco se descartó. Lo que sí se verificó es que en Ibiza, en 1967, un chico estadounidense pasó un año en la cárcel acusado de matar a una turista francesa. El que la había matado era él.

Un año de cárcel para otro. Y él siguió caminando.


Eso no fue casualidad ni golpe de suerte. Fue el sistema funcionando exactamente como funcionaba: una muerte en Murcia no hablaba con una muerte en Tarragona. Y una muerte en Francia no hablaba con nadie en España. No había coordinación. No había cruce de datos. Había provincias, y fronteras, y expedientes que se cerraban solos cuando no había nadie que los empujara.

Y sus víctimas, en su mayoría, eran gente que no empujaba nada. Pobres, solos, de paso. Gente cuya desaparición tardaba semanas en notarse, si llegaba a notarse. A veces ni eso.

El primer crimen que se le documentó en España fue en 1964. Veintiún años No hay épica en eso. Hay una víctima y hay un hombre que cruza una línea. Lo  que pasó dentro de él en ese momento exacto —si fue frío, si fue uno de esos episodios, si fue algo que ni él mismo podría haber explicado— es una pregunta que los psiquiatras que lo evaluaron nunca cerraron del todo. Ni quisieron, quizás. Y así durante siete años.



Cuando lo detuvieron en enero de 1971 en El Puerto de Santa María —por matar a su novia, que es como terminan muchas de estas historias, con alguien cercano, siempre con alguien cercano— empezó a hablar. Y no paró. Había confesado 42 crímenes antes de que terminaran los primeros interrogatorios. Luego cuatro más que le contó a su abogado. 

En total, 48. Casi medio centenar de muertos entre España, Francia e Italia. De esos 48, la policía investigó 22. Solo pudo probar ocho.

El resto quedó flotando. Entre lo que dijo y lo que pudo demostrarse había un agujero enorme, y nunca se supo bien si ese agujero era falta de pruebas o falta de ganas de buscarlas. Probablemente las dos cosas. Probablemente ninguna de las dos del todo.


Porque no tenía un perfil que seguir. No iba a por un tipo de víctima, no repetía el mismo método, no dejaba nada que funcionara como firma. Elegía por lo que había en ese momento: un camino sin testigos, alguien solo, alguien que no pudiera defenderse. Mujeres, hombres, jóvenes, viejos. Lo único constante era que el otro estaba en desventaja.

Los informes hablaron de estados crepusculares. Períodos de conciencia reducida, casi automática. Varios especialistas lo estudiaron durante años. Ninguno se atrevió a decir que lo fingía todo. Ninguno pudo afirmar tampoco que estuviera completamente presente en cada acto. Es un caso que, si te metes a fondo, te deja con más preguntas que respuestas. Y eso incómoda bastante. Fue declarado inimputable. Internado.


Y ahí estuvo más de veinte años.



Murió en 1998 en un hospital de Badalona. Enfermedad pulmonar, de tanto fumar. Los últimos tiempos salía a pasear desde el psiquiátrico, solo, por calles donde nadie sabía quién era. El mayor asesino en serie de la historia de España murió como había vivido durante décadas: caminando, sin que nadie lo mirara.



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Miguel Ángel Arranz Molins

Experto en Sociología Criminal y de la Desviación

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