Miguel Ángel Blanco: el crimen que cambió España
- revistasinfiltros
- 3 days ago
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Memoria, Estado y el riesgo de que una conmoción social se disuelva en la nada
---- Píldoras Criminales ----

Hay casos que no necesitan recrearse en la sangre para resultar insoportables. Y hoy, en Píldoras Criminales, vamos a salirnos del guion habitual.
No hablaremos de asesinos en serie, desapariciones o investigaciones policiales, porque existen crímenes que trascienden la criminología para convertirse en memoria colectiva de todo un país.
El asesinato de Miguel Ángel Blanco es uno de ellos. Y, como director de esta sección, voy a añadir algo que normalmente no hacemos: una reflexión personal sobre por qué este caso no puede tratarse como un episodio más del pasado.
El secuestro:
El 10 de julio de 1997, la banda terrorista ETA secuestró en Ermua a Miguel Ángel Blanco, joven concejal del Partido Popular.
Tenía solo 29 años: economista de profesión, aficionado a la música y con apenas unos meses de experiencia en política municipal.
ETA no tardó en lanzar su condición: si en 48 horas el Gobierno no acercaba a todos los presos de la organización al País Vasco, lo asesinarían.

España entera contuvo la respiración.
La respuesta ciudadana:
Durante esas dos jornadas, millones de personas salieron a la calle. No importaban las ideologías, no importaban las siglas: por primera vez, el país entero se unió bajo una sola exigencia: que lo dejaran vivir.

Fue uno de los mayores movimientos de protesta social de la democracia española.
El desenlace:
Pero ETA cumplió su amenaza. El 12 de julio, Miguel Ángel Blanco fue hallado gravemente herido, con dos disparos en la cabeza, en un descampado de Lasarte. Murió pocas horas después en el hospital.

Aquel crimen marcó un punto de inflexión en la historia reciente de España.
El legado, el Espíritu de Ermua:
De aquel horror nació el llamado Espíritu de Ermua, una reacción cívica sin precedentes frente al terrorismo.
Miles de ciudadanos perdieron el miedo y decidieron plantar cara a quienes, durante décadas, habían intentado imponer el silencio a través del asesinato.
Aquel fue, en muchos sentidos, el principio del fin de ETA: los terroristas podían matar, pero ya no podían doblegar a toda una sociedad.
Cuando el Estado no acompaña: la sociología del olvido.
Aquí es donde quiero detenerme, porque hay una lección que trasciende el caso concreto de Miguel Ángel Blanco y que nos interpela como sociedad.

Desde la sociología de la memoria colectiva, sabemos que una conmoción social masiva —por intensa que sea en el momento— no se perpetúa por sí sola. La memoria no es un fenómeno espontáneo ni automático: es una construcción social que necesita instituciones, rituales y relatos que la sostengan en el tiempo.
Maurice Halbwachs ya lo advirtió hace casi un siglo: recordamos en grupo, y ese grupo necesita marcos —educativos, políticos, simbólicos— que actualicen el recuerdo generación tras generación.
Cuando esos marcos existen —homenajes de Estado, presencia en los planes educativos, políticas activas de memoria, apoyo institucional a las víctimas y sus asociaciones—, el acontecimiento se cristaliza en la conciencia colectiva. Se convierte en un punto de referencia moral, algo a lo que las nuevas generaciones pueden volver aunque no lo hayan vivido.
Pero cuando esos marcos se debilitan o directamente desaparecen, ocurre lo contrario: el hecho, por muy impactante que fuera en su día, se disuelve poco a poco en la indiferencia. No porque deje de ser importante, sino porque nadie se ocupa de mantenerlo vivo. Sin acompañamiento institucional, sin educación, sin memoria activa, un crimen que paralizó a un país entero puede acabar reducido, treinta años después, a una fecha vacía que las nuevas generaciones ni siquiera reconocen.
Un pueblo que no sostiene su memoria no es un pueblo que perdona: es un pueblo que se expone a repetir.
Esto no es un matiz menor. La desmemoria no es neutral: tiene consecuencias.
Cuando el terrorismo se despolitiza en el relato oficial, cuando se equipara a víctimas y verdugos en nombre de una supuesta reconciliación mal entendida, o cuando simplemente se deja que el tiempo haga su trabajo sin ningún
contrapeso institucional, el mensaje que reciben las nuevas generaciones es que aquello no fue tan grave, o que ya no importa.
Y ahí es donde el Estado tiene una responsabilidad que no puede delegar en la sociedad civil ni en el paso del tiempo. Si las instituciones no acompañan activamente la memoria de hechos como el asesinato de Miguel Ángel Blanco —con educación, con reconocimiento público, con políticas sostenidas de memoria democrática—, el riesgo real es que dentro de otras tres décadas su nombre sea, para la mayoría, poco más que una nota a pie de página.

Memoria, no olvido:
Han pasado casi tres décadas. Hoy España vive sin atentados de ETA, pero eso no significa que podamos permitirnos olvidar.
La memoria no consiste en alimentar el odio, sino en impedir que el relato sea manipulado, que las víctimas queden relegadas a un segundo plano o que el terrorismo termine reducido a un simple episodio político más.
Miguel Ángel Blanco no fue solo un concejal asesinado. Fue un ciudadano libre al que intentaron convertir en moneda de cambio. Y precisamente por eso sigue siendo un símbolo.
Como director de esta sección, me niego:
Me niego a que este programa sea uno más de los espacios donde estos hechos se mencionan por pura obligación de calendario y después se archivan hasta el año siguiente.
Me niego a que la ausencia de acompañamiento institucional se traduzca, en Píldoras Criminales, en ausencia de memoria propia. Si el Estado no siempre sostiene el relato con la firmeza que debería, esta sección sí lo hará.
No para politizar el dolor de las víctimas, sino para impedir precisamente lo contrario: que ese dolor sea vaciado de sentido por el olvido, la equidistancia o la comodidad de mirar hacia otro lado.

Cierre:
En Píldoras Criminales solemos recordar casos que estremecieron a la sociedad por su violencia.
Hoy recordamos uno que cambió el rumbo de la historia de España.
Porque hay historias que no pueden quedarse únicamente en los libros.
Y porque, mientras exista memoria, seguirá viva aquella convicción nacida en las calles de Ermua: que ninguna causa política justifica el asesinato, y que la dignidad de las víctimas nunca debe ser negociable.








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