top of page

Henri Désiré Landru: El «Barba Azul» de París.

El hombre que convirtió el amor en una trampa mortal



Un asesino entre las ruinas de la guerra.


En la Francia de la Primera Guerra Mundial, mientras miles de hombres perecían en el frente y el país entero se hundía en el caos y el luto, un hombre aparentemente insignificante encontró en ese desolado escenario el caldo de cultivo perfecto para matar.


Su nombre era Henri Désiré Landru. Durante cuatro años, logró hacer desaparecer a mujeres sin levantar apenas sospechas en los alrededores de París.



No tenía el aspecto que el imaginario popular atribuye a un monstruo. No infundía miedo al primer vistazo. Bajito, calvo, educado, con una larga barba puntiaguda y modales de hombre de negocios gris, parecía más el vecino contable de siempre que un asesino en serie. Pero precisamente ahí residía su ventaja: nadie veía venir el peligro cuando lo tenía enfrente.


Entre 1915 y 1919 asesinó al menos a diez mujeres y a un adolescente, aunque muchos investigadores creen que la cifra real pudo ser considerablemente mayor. Algunas investigaciones posteriores llegaron a hablar de decenas de víctimas nunca identificadas.


El método: anuncios matrimoniales, seducción y desaparición.


Landru encontró su terreno perfecto en una Francia repleta de viudas, mujeres solas y familias rotas por la guerra. El mecanismo era sencillo en su concepción pero devastadoramente efectivo en su ejecución: publicaba anuncios matrimoniales en periódicos dirigidos a mujeres que buscaban compañía o estabilidad económica. Se presentaba bajo identidades falsas, fingiendo ser empresario próspero, viudo respetable o comerciante acomodado.



Una vez que conseguía ganarse la confianza de una víctima, iniciaba una relación sentimental rápida y calculada. Con dulzura y promesas de futuro compartido, las convencía

para vender propiedades, retirar ahorros de toda una vida o transferirle el control de sus bienes, antes de invitarlas a viajar con él a casas alquiladas en localidades rurales próximas

a París, especialmente en Gambais y Vernouillet. Allí desaparecían para siempre.


“Nunca aparecieron cuerpos completos. Ese fue precisamente el gran obstáculo de la investigación.”


Los agentes encontraron fragmentos óseos calcinados, cenizas humanas y restos de ropa femenina, pero Landru se encargaba meticulosamente de destruir prácticamente toda evidencia, presuntamente quemando los cadáveres en la estufa de la cocina de la casa de

Gambais. Fue un crimen pensado hasta en sus detalles más morbosos.


Sus víctimas: nombres borrados de la historia.


Detrás de cada nombre en la libreta de Landru había una vida, una historia, una familia que esperaba noticias que nunca llegaron. El conflicto bélico había llenado Francia de ausencias

aceptadas en silencio. Esa resignación colectiva fue el manto bajo el que operó Landru.



▸ Jeanne Cuchet:

Fue una de las primeras víctimas conocidas. Viuda y madre de un joven llamado André, conoció a Landru a través de uno de sus anuncios. Ambos desaparecieron en 1915. Su caso reviste una tragedia especial: tanto Jeanne como su hijo habían descubierto, antes de desaparecer, la verdadera identidad criminal de Landru. Lo sabían, y aun así no pudieron escapar.


▸ Anne-Marie Collomb:

Como muchas otras mujeres seducidas por Landru, entregó dinero y pertenencias antes de desaparecer completamente sin dejar rastro. Su nombre acabaría figurando en la célebre libreta negra del asesino, esa libreta que terminaría siendo su perdición.


▸ Berthe Héon:

Mantenía correspondencia sentimental con Landru y terminó desapareciendo tras viajar con él. El patrón se repetía con escalofriante monotonía: seducción rápida, aislamiento progresivo, control económico y desaparición definitiva. Ninguna familia sospechó a tiempo lo que estaba ocurriendo.


Entre las demás víctimas confirmadas figuran también Andrée Babelay, Marie Guillin, Léonie Lacoste, Annette Pascal, Marie-Thérèse Marchadier y Louise Jaume. Todas compartían la misma vulnerabilidad: eran mujeres solas en una época que no dejaba mucho margen para serlo.


El error que le condenó: lo apuntaba absolutamente todo.


Durante años, las desapariciones pasaron desapercibidas porque la Francia en guerra y la posguerra inmediata estaban llenas de personas que simplemente habían desaparecido.


Muchas familias asumían que sus familiares habían rehecho su vida en otro lugar, o que habían caído víctimas del conflicto de algún modo indirecto.


Pero Landru cometió un error fundamental que lo delató: lo registraba absolutamente todo.

Llevaba una pequeña libreta de tapas negras donde anotaba con precisión meticulosa nombres reales y alias de sus víctimas, gastos realizados, billetes de tren adquiridos —siempre de ida y vuelta para él, solo de ida para ellas— y movimientos detallados de cada relación.


“Cuando la hermana de una de las desaparecidas logró reconocerle por la calle y alertó a la policía, los investigadores comenzaron a unir piezas. Aquella libreta terminó siendo una de las pruebas más célebres de la historia criminal francesa.”


Fue detenido en 1919 en París. En el momento de su arresto, los agentes encontraron la libreta y, con ella, el rastro documentado de su actividad criminal durante cuatro años.



El juicio: sin confesión, pero con condena.


Landru mantuvo prácticamente hasta el final que era inocente. Negaba los asesinatos con una serenidad que desconcertaba a jueces, fiscales y periodistas por igual. Afirmaba que aquellas mujeres simplemente habían desaparecido por voluntad propia, que él no era responsable de adónde había decidido marcharse cada una de ellas.


El problema, naturalmente, era que todas habían desaparecido después de pasar por sus casas y después de entregarle dinero o bienes. La coincidencia resultaba estadísticamente imposible.


Aunque el proceso judicial se basó fundamentalmente en pruebas circunstanciales —pues nunca apareció ningún cuerpo completo que certificara de manera inequívoca el asesinato—, el volumen y la coherencia de los indicios resultaron devastadores. Más de cien testigos participaron en el proceso. El juicio fue un acontecimiento mediático de primera magnitud en la Francia de la época, seguido con fascinación morbosa por la prensa y la opinión pública.


Finalmente fue condenado por once asesinatos y guillotinado el 25 de febrero de 1922. Según la crónica de los presentes, conservó una extraña calma hasta el final.



La pincelada sociológica: el depredador perfecto para una sociedad rota.


El caso Landru no puede comprenderse cabalmente sin el contexto histórico que lo hizo posible. La Francia posterior a la Primera Guerra Mundial era una sociedad profundamente fracturada: llena de mujeres solas, viudas jóvenes sin sustento, familias desmembradas y personas desesperadas por encontrar algún tipo de estabilidad emocional o económica en medio de la devastación.



El Estado estaba desbordado, la policía saturada, y las desapariciones individuales eran algo relativamente habitual en un contexto donde millones de personas habían muerto o emigrado. Las estructuras de control social que en tiempos de paz habrían activado alertas tempranas habían quedado paralizadas por la magnitud de la tragedia colectiva.


Landru aprovechó exactamente eso con una frialdad calculadora que lo distingue de los asesinos impulsivos. No actuó desde el arrebato ni desde la enfermedad mental diagnosticable. Actuó desde la racionalidad predatoria: identificó una grieta en el tejido social, comprendió qué necesitaban sus víctimas, y explotó esa necesidad con una eficiencia aterradora.


“No fue un asesino fuera del sistema. Fue un depredador perfectamente adaptado a las grietas de su tiempo.”


Y quizás ahí reside lo más inquietante del caso Landru, lo que le convierte en objeto de estudio no solo criminológico sino sociológico: no necesitó ser un monstruo visible para matar a once personas y posiblemente más. Le bastó con ser un hombre ordinario que entendió antes que nadie que, en una sociedad rota, desaparecer podía ser sorprendentemente fácil.


Su historia nos recuerda que los grandes crímenes no siempre tienen lugar en la oscuridad o el margen. A veces ocurren a plena luz del día, entre anuncios de matrimonio y billetes de tren, mientras una sociedad entera mira hacia otro lado porque tiene demasiadas tragedias propias que procesar.

















Miguel Ángel Arranz Molins

Comments


Nuestros partners:

elecox__1_-removebg-preview.png
SINFILTROS_970X250.gif
REVISTA SIN FILTROS 980x250px copia.jpg
  • Facebook
  • Instagram
  • X
  • TikTok
  • Captura de pantalla 2026-01-26 194240

© 2026 Revista Sin Filtros.

bottom of page