Romasanta: El hombre lobo gallego
- revistasinfiltros
- Apr 16
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Hubo un momento en España en el que la realidad era tan incómoda que hubo que maquillarla. No con política. No con leyes. Con superstición. Porque aceptar lo que realmente ocurrió implicaba algo mucho más grave: reconocer que el monstruo no venía del bosque, sino del propio sistema.
Ese hombre fue Manuel Blanco Romasanta. Y lo que hizo fue tan brutal que el país prefirió llamarlo «hombre lobo» antes que asumir lo evidente.
Un cuerpo pequeño, una presencia inquietante:
Romasanta no encajaba en la imagen clásica del asesino. No era corpulento, no imponía físicamente, no intimidaba a primera vista. Medía poco más de 1,30 metros. Delgado, rostro fino, casi infantil. Algunos testimonios hablan incluso de rasgos ambiguos, una apariencia que podía resultar extrañamente confiable o desconcertante según quién lo mirara. Y ahí estaba la clave: no parecía peligroso.
Era educado, hablaba bien, sabía adaptarse al interlocutor. Tenía esa cualidad que hoy llamaríamos «inteligencia social», pero puesta al servicio del engaño. No entraba en los pueblos como amenaza, sino como solución. Un guía. Un acompañante. Alguien que conocía rutas, caminos y oportunidades. El perfil perfecto para un entorno donde moverse era cuestión de supervivencia.

Galicia, el escenario perfecto para desaparecer:
Para entender el alcance de sus crímenes hay que mirar el contexto. La Galicia del siglo XIX —Galicia profunda— no era un lugar, era un aislamiento. Caminos sin control, pueblos dispersos, pobreza estructural, analfabetismo generalizado y ausencia casi total del Estado. Moverse era necesario. Muchas mujeres buscaban trabajo en otras zonas, especialmente hacia Castilla o zonas más prósperas.
Y ese tránsito era peligroso. No había registros. No había seguimiento. No había consecuencias inmediatas. Si alguien desaparecía, simplemente… desaparecía.
Romasanta no elegía al azar: elegía bien. Mujeres solas, madres con hijos, personas sin red de protección.
Entre las víctimas confirmadas o atribuidas están Manuela García Blanco y su hija, Benita García y su hijo, Francisca González y Josefa Gómez, aunque el número real probablemente sea mayor.
El patrón era claro: prometía acompañarlas a otro lugar donde encontrar trabajo o una vida mejor, se ganaba su confianza, las sacaba de su entorno. Y ahí desaparecían. No había denuncias inmediatas, no había investigación sistemática, no había presión social.
Eran, en términos crudos, víctimas perfectas para un sistema que no miraba.
El método: no era locura, era negocio:
Aquí es donde se desmonta completamente la leyenda. Romasanta no actuaba como un animal descontrolado: actuaba con frialdad. Mataba, descuartizaba y aprovechaba. Según las confesiones y pruebas recogidas en el proceso, utilizaba la grasa de sus víctimas para fabricar ungüentos que luego vendía. También comerciaba con su ropa y sus pertenencias.
Esto no es impulsividad. Esto es estructura. Esto es alguien que entiende el valor económico de lo que hace y lo explota. No es un loco. Es un depredador racional. Y eso es mucho más incómodo.
Las sospechas crecieron no por una gran investigación, sino por acumulación. Demasiadas desapariciones, demasiadas coincidencias, demasiados testimonios que apuntaban a la misma persona. Finalmente fue detenido. Y entonces llegó lo inesperado: confesó, pero no como asesino.

El juicio y el mito:
Durante el proceso judicial, Romasanta afirmó que sufría una maldición. Dijo transformarse en lobo, dijo perder la conciencia, dijo no ser responsable de sus actos. Licantropía. Y aquí viene lo realmente grave: hubo quien lo consideró.
El caso no se despachó como una locura evidente. Se analizaron informes médicos, se debatió, se valoró la posibilidad. Porque en aquella España profundamente rural, supersticiosa y atrasada, la explicación irracional no era absurda: era cómoda.
Aceptar que un hombre normal había asesinado de forma sistemática durante años sin ser detenido implicaba reconocer un fallo estructural. Aceptar al hombre lobo permitía lo contrario: externalizar el problema, convertirlo en excepción, evitar responsabilidades. El caso de Romasanta no es solo criminal, es político. Porque revela algo evidente: el Estado no estaba. No protegía, no investigaba, no prevenía.
Las desapariciones no generaban alarmas. No existían protocolos. No había coordinación. El crimen no se ocultaba bien; simplemente, no había nadie mirando.
Y cuando nadie mira, cualquier depredador encuentra espacio.
Romasanta fue condenado a muerte. Después, la pena fue conmutada por cadena perpetua, en parte por las dudas generadas alrededor de su supuesta condición mental. Murió en prisión en 1863. Caso cerrado. Pero mal explicado.
Lo que quedó, y lo que no se aprendió:
La historia no se quedó con los detalles. Se quedó con el mito: «El hombre lobo de Allariz». Un titular fácil, una historia que vende, una explicación que tranquiliza.
La verdad es otra. Romasanta no necesitó convertirse en lobo. Le bastó con vivir en un entorno donde las víctimas no importaban, el Estado no existía, la pobreza obligaba a confiar y nadie conectaba los puntos. No fue un fallo puntual: fue un sistema perfecto para que ocurriera.
Hay algo más que señalar, y que la leyenda se encargó de enterrar: las víctimas de Romasanta tenían nombre, familia y planes. No eran figuras anónimas que cruzaban un bosque misterioso. Eran mujeres reales que buscaban algo tan concreto como un trabajo, una nueva vida, un futuro menos duro.
Que hayan quedado reducidas a notas al pie del mito del hombre lobo dice mucho de cómo la sociedad de entonces —y no solo la de entonces— decide qué historias merecen ser contadas y cuáles simplemente se dejan caer al olvido.

España no tuvo un problema de hombres lobo. Tuvo un problema de abandono. Y cuando el abandono es la norma, el crimen no es una anomalía: es una consecuencia. El mito sirvió para cerrar el caso. Pero también para no aprender nada de él.
Y ahí está lo peligroso.
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