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El Petiso Orejudo: El niño que la ciudad prefirió llamar monstruo


Buenos Aires, 1912:

Hoy cambiamos de registro.

Salimos de España. Cruzamos el Atlántico. Y nos adentramos en un territorio que incomoda, que descoloca, que la mayoría prefiere no nombrar con claridad. Hoy hablamos de niños que matan.

No de adultos con infancias difíciles. No de asesinos en serie con décadas a sus espaldas. Hablamos de niños. De manos pequeñas. De una violencia que no debería existir según todo lo que creemos saber sobre la inocencia, sobre la infancia, sobre el bien y el mal.

Y si eso ya es incómodo de leer, imagina lo incómodo que es contarlo.



Buenos Aires, a principios del siglo XX:

La ciudad crece como crece todo lo que no tiene plan: desordenadamente, con hambre, con ruido, con gente amontonada en habitaciones que no fueron pensadas para vivir sino para sobrevivir.

Los conventillos. Esas construcciones donde varias familias comparten un patio, un grifo, una miseria común. Inmigrantes italianos, españoles, polacos, todos mezclados en el mismo hacinamiento, todos construyendo una Buenos Aires que prometería mucho más de lo que daba.

Y en ese contexto, los niños.

Niños que nadie vigila porque sus padres trabajan doce horas. Niños que no van a la escuela porque la escuela los expulsa o porque simplemente no hay nadie que los lleve. Niños que crecen en la calle con la calle como única maestra. El Estado existe. Anota. Registra. Archiva. Pero no interviene. No de verdad. Y en ese espacio entre el papel y la realidad, algunos niños se pierden.

Uno de ellos se llama Cayetano Santos Godino.



Un niño que ya era una señal:

Cayetano no es invisible. Ese es el punto que más duele cuando miras hacia atrás. Lo conocen en el barrio. Lo conocen en la comisaría. Lo conocen en las escuelas, que se lo devuelven a su familia una y otra vez porque no saben qué hacer con él.


Agresivo. Impulsivo. Incapaz de encajar en ningún aula, en ningún grupo, en ninguna estructura que requiera un mínimo de contención.

Y entonces ocurre algo que resume todo lo que estaba fallando: su propio padre va a la policía. No a denunciar a nadie. A pedir que se lleven a su hijo. A decir, con todas las letras, que no puede con él. Que no sabe qué hacer. Que tiene miedo.

La policía lo escucha. Toma nota. Y no hace nada.

Ese momento es el colapso de todo lo que debía haber sostenido a ese niño. La familia rota. La escuela que no funciona. El Estado que registra pero no actúa. Y en el centro de todo eso, un niño al que nadie sabe cómo ayudar ni cómo frenar. El vacío tiene consecuencias. Siempre.


1912: cuando el patrón se vuelve inneglable:

Aquí la historia deja de ser la historia de un niño difícil y se convierte en algo que ya no tiene nombre fácil. Porque Cayetano empieza a matar.

No hay una gran escena. No hay un estallido dramático que lo explique todo. Hay algo más frío y más perturbador: hay un método. Hay repetición.

Se acerca a niños más pequeños. Se gana su confianza con la naturalidad desarmante que solo tiene alguien que también parece un niño. Los aparta del grupo, de la calle, de los ojos de los demás. Y actúa.

Cuatro niños muertos. Siete intentos de homicidio. Siete incendios provocados. Esto no es un accidente. No es un estallido de rabia puntual. Es una secuencia. Es alguien que aprende, que repite, que escala.

Y nadie conecta los puntos a tiempo.



Los nombres que el relato suele olvidar:

Hablamos mucho del asesino. Hablamos poco de ellos. Y ellos son lo central.

Arturo Laurora. Dos años. Lo que ocurre con Arturo es difícil de escribir y más difícil aún de leer. Cayetano lo lleva a un solar abandonado del barrio. Lo desnuda parcialmente. Lo estrangula con un cordel improvisado, con la paciencia metódica de quien ya ha pensado en esto antes. Arturo tiene dos años. No puede defenderse. No puede correr. No puede entender lo que le está pasando. Su cuerpo aparece horas después. El barrio lo llora. Nadie, todavía, conecta ese crimen con el niño que todos conocen.


Reina Bonita Wainikoff. Dos años. Su nombre suena a cuento de hadas y esconde una de las muertes más lentas y crueles de todo el caso. Cayetano la quema. No muere en el acto. Muere después, entre vendas y fiebre, en una agonía que los médicos de la época intentan atribuir a un accidente doméstico porque la alternativa es demasiado perturbadora. Una niña de dos años quemada intencionalmente. El dolor que precede a su muerte dura días. Su familia no sabe, mientras la ve morir, que hay una mano detrás.


Gerardo Giordano. Tres años. La herramienta es la más antigua del mundo para ganarse la confianza de un niño: caramelos. Cayetano lo atrae, lo lleva lejos, lo ata y lo estrangula. Para entonces el método está perfeccionado. Ya no es la primera vez. Ya sabe lo que hace. Gerardo tiene tres años y probablemente sonríe antes de que todo ocurra porque un niño un poco mayor le ha ofrecido algo dulce.


Severino González Calandria. Trece meses. El más pequeño. Trece meses. Aún no camina bien. Aún no habla con claridad. Cayetano lo coge de la calle mientras su madre no mira durante unos segundos, esos segundos que todas las madres conocen y que la mayoría de las veces no significan nada. Esta vez significan todo.

Lo estrangula. Lo deja en un descampado. Trece meses.


Y alrededor de estos cuatro, los que sobrevivieron llevando consigo algo que no se cura: Ana Nené Leguizamón, a quien ataca y deja inconsciente. Restituta Bonita, a quien golpea en la cabeza con una piedra. Carmen Ghittoni, a quien intenta ahogar en una zanja. Hay más. Siete intentos documentados, siete niños que tuvieron la suerte, si puede llamarse así, de que algo interrumpió lo que había empezado.

Todos pequeños. Todos captados con la misma facilidad desconcertante. Todos elegidos porque no podían resistirse.



El apodo como mecanismo de defensa colectiva:

La prensa necesita un personaje. La sociedad necesita una explicación que no la implique. Y aparece: “El Petiso Orejudo”.

Tres palabras que hacen un trabajo enorme.

Ridiculizan. Simplifican. Convierten a un asesino en una caricatura, en un ser de otro mundo, en algo que no se parece a nosotros ni a nuestros hijos ni a nadie que conozcamos.

Porque si el mal tiene unas orejas grandes y una estatura pequeña, entonces el mal vive lejos. El mal es identificable. El mal no crece en conventillos que se parecen al nuestro, en familias que se parecen a las nuestras, en un sistema que es el nuestro.

El apodo no describe a Cayetano. Nos protege a nosotros. Y esa es su función real.



Una justicia que administra lo que no entiende:

El sistema judicial hace lo que puede, que es poco.

Primero lo declaran inimputable. Es demasiado joven. No se le puede juzgar como a un adulto.

Luego pasa el tiempo y lo declaran peligroso. Demasiado peligroso para dejarlo libre.

Al final lo encierran sin fecha clara de salida. No porque el proceso haya sido limpio o porque la ley lo contemple con precisión. Sino porque no saben qué hacer con él y el encierro es siempre la respuesta más fácil cuando no hay respuesta.

No encaja en ninguna categoría cómoda. No es el niño recuperable de los textos pedagógicos. No es el adulto responsable que puede ser condenado con todas las garantías. Es algo que el siglo XIX dejó sin resolver y que el siglo XX tampoco supo nombrar.

Un niño que mató. Y que el sistema, sencillamente, no tenía donde poner.


Ushuaia, o cómo desaparecer un problema:

Mandarlo al Penal de Ushuaia es una decisión que dice mucho más de la sociedad que lo toma que del hombre que la recibe. Ushuaia. El fin del mundo. Literalmente.

El lugar más alejado posible dentro de las fronteras del país. Un lugar donde el frío y la distancia hacen el trabajo que las instituciones no saben hacer.

Allí pasa décadas. Los informes que llegan son siempre iguales: incurable, peligroso, sin posibilidad de reintegración. No hay tratamiento. No hay intento serio de entender qué hay dentro de esa cabeza. Solo tiempo que pasa sobre un hombre que entró siendo casi un niño y que envejece entre piedras y viento del sur. Borrarlo era más sencillo que entenderlo.

Y eso, en el fondo, es lo que hicimos.


1944: lo que sabemos y lo que preferimos creer:

Muere en 1944 en el Penal de Ushuaia. Tiene cuarenta y cuatro años. Ha pasado más de la mitad de su vida encerrado.

Las circunstancias oficiales hablan de una muerte natural. Tuberculosis, según algunos registros. Una enfermedad que en esa época, en ese penal, con ese frío y esa humedad permanente, era casi una condena dentro de la condena. Los pulmones que se deshacen despacio. La fiebre. El adelgazamiento progresivo hasta que el cuerpo simplemente deja de poder seguir. Pero esa versión no satisface a nadie. Y entonces aparecen las otras.

Que fue una golpiza. Que otros presos, conocedores de lo que había hecho, ejecutaron sobre su cuerpo la justicia que los tribunales no supieron dar. Que murió en el suelo de su celda mientras nadie miraba, o mientras alguien miraba y decidía no intervenir. Que el Petiso Orejudo encontró al final lo mismo que él había infligido: manos que aprietan, cuerpo que no puede resistirse, nadie que lo detenga.

Hay quienes prefieren esa versión porque cierra el círculo. Porque convierte una historia sin final limpio en algo parecido a la justicia poética. Pero lo que sabemos con certeza es esto: murió encerrado, lejos de todo, en un penal que era en sí mismo una forma de olvido. Sin familia que lo reclamara. Sin expediente que aclarara nada. Sin nadie que considerara que su muerte merecía una investigación rigurosa. Cuatro niños habían muerto con sus manos. Y él murió como había vivido los últimos treinta años: como alguien que el mundo había decidido que no existía.



La pregunta que nadie quiere hacerse:

Cayetano Santos Godino no surgió del vacío. Fue un niño detectado. Señalado. Visto por la policía, por los vecinos, por los maestros, por su propio padre. Un niño sobre el que había información, sobre el que había alertas, sobre el que había tiempo. Y en ese tiempo, nadie actuó de verdad.

La pregunta no es si era culpable. Lo era. Arturo tenía dos años. Reina Bonita murió quemada. Gerardo fue atraído con caramelos. Severino tenía trece meses. Eso no cambia. Eso no se matiza. Eso no se relativiza. Pero la pregunta sigue ahí: ¿Qué hubiera pasado con una intervención real? ¿Con una familia funcional? ¿Con una escuela que supiera contener lo que ese niño era? ¿Con un Estado que hiciera algo más que archivar? Probablemente, Arturo, Reina, Gerardo y Severino habrían crecido. Y eso es lo más difícil de sostener.

No absuelve a nadie. Pero cambia el foco de forma incómoda.

El crimen no siempre es un rayo que cae del cielo sin aviso. A veces es algo que crece lentamente, delante de todos, mientras todos miran para otro lado.


Llamarlo monstruo es lo más fácil que existe:

Lo hizo la prensa en 1912. Lo hace la memoria popular hoy. Lo hacemos nosotros cada vez que preferimos el apodo a la pregunta. Lo difícil es sostener las dos verdades al mismo tiempo: Que hubo víctimas reales, con nombres reales, con dos años, con trece meses, con familias que nunca recuperaron lo que perdieron. Y que antes de ser un asesino, hubo un niño al que el mundo no supo sostener.

Que hubo señales. Que hubo tiempo. Que hubo personas que vieron y no actuaron, instituciones que registraron y no resolvieron, una ciudad que creció tan rápido que no tuvo tiempo de mirar lo que estaba dejando atrás. El horror no empieza con el primer crimen. Empieza mucho antes.

En un patio de conventillo. En una comisaría donde un padre llora sin que nadie sepa qué decirle. En un aula que expulsa a un niño porque es más fácil expulsarlo que entenderlo.

Empieza en el momento en que decidimos que algunos niños no son nuestro problema.


Y eso sí que es algo que todavía hoy no hemos resuelto.



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