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EL CRIMEN DE PIOZ: El asesino que contó sus crímenes por WhatsApp

Sep 10
4 min read

---PÍLDORAS CRIMINALES---



En ocasiones intentamos encontrar una explicación tranquilizadora para los crímenes más terribles. Una enfermedad. Un arrebato. Una pérdida absoluta de control. Algo que permita pensar que una persona normal jamás podría hacer algo semejante. El problema del caso de Patrick Nogueira es que dejó detrás de sí algo difícil de encajar en esa explicación: sus propias palabras.


En agosto de 2016, cuatro cadáveres permanecían ocultos en un chalé de Pioz, Guadalajara. Pertenecían a una misma familia: Marcos Campos Nogueira, Janaína Santos Américo y sus dos hijos pequeños. Una familia entera, en su propia casa, sin que nadie a su alrededor supiera todavía lo que había ocurrido allí dentro.


El asesino también pertenecía a la familia. Era Patrick Nogueira, sobrino de Marcos, y tenía apenas 19 años cuando cometió los crímenes. No era un desconocido que hubiera irrumpido en la vivienda. Era alguien que se sentaba a su mesa, que conocía sus rutinas, que había compartido con ellos algo parecido a la normalidad.



El 17 de agosto de 2016 Patrick acudió al chalé. Había vivido anteriormente con sus familiares, así que su presencia allí no despertaba sospechas. Aquella tarde terminó asesinando primero a Janaína y a los niños. Después esperó a que regresara Marcos. También lo mató. Posteriormente manipuló los cadáveres y los introdujo en bolsas antes de abandonar la vivienda.


Los cuerpos no fueron descubiertos inmediatamente. Pasó aproximadamente un mes. Un mes entero en el que aquella casa permaneció cerrada, en silencio, mientras la vida seguía a su alrededor como si nada hubiera sucedido. El 17 de septiembre, un trabajador de mantenimiento alertó del fuerte olor procedente de la casa. Dentro estaba una familia entera. Muerta desde hacía semanas.


Patrick ya estaba en Brasil. Había tenido tiempo de sobra para desaparecer, para poner un océano de distancia entre él y lo que había dejado atrás. La Guardia Civil comenzó entonces a reconstruir una historia que resultaría todavía más inquietante de lo imaginable.



Porque Patrick no había mantenido el crimen completamente en secreto. Mientras lo cometía había conversado mediante WhatsApp con un amigo en Brasil, Marvin Henriques Correia. Los mensajes permitirían posteriormente reconstruir parte de lo ocurrido. Patrick relataba sus acciones. Comentaba lo que estaba haciendo. Hablaba sobre los cadáveres. Pensaba cómo salir del lugar sin ser visto. Y lo hacía mientras todavía quedaba una víctima por llegar al chalé.


Ese detalle resultaría fundamental, porque convertía en mucho más difícil sostener que todo había sido únicamente una explosión instantánea e incontrolable de violencia. Había tiempo. Había conversaciones. Había decisiones. Y había previsiones sobre cómo escapar. No fue un arrebato de segundos: fue un proceso con pausas, con mensajes de ida y vuelta, con alguien al otro lado de la pantalla leyendo en tiempo real lo que estaba pasando dentro de esa casa.


Durante el juicio se leyó una parte de aquellos mensajes ante el jurado. Su contenido mostraba también referencias extraordinariamente frías al tratamiento posterior de los cuerpos, una frialdad que resultó tan difícil de escuchar en la sala como de explicar después ante los medios.


Patrick terminó regresando voluntariamente a España. El 21 de octubre de 2016 confesó ante la Guardia Civil que había matado a sus familiares. También participaría después en una reconstrucción dentro del propio chalé, caminando de nuevo por las mismas habitaciones donde meses antes había acabado con la vida de cuatro personas.



Pero entonces comenzó otra batalla: ¿por qué lo hizo? Su defensa sostuvo durante el juicio que presentaba una alteración cerebral. Un PET-TAC revelaba, según los peritos aportados por la defensa, anomalías relacionadas con el lóbulo temporal derecho. También se analizaron rasgos de su personalidad. El objetivo jurídico era evidente: determinar hasta qué punto aquellas características podían haber afectado a su capacidad para comprender o controlar sus actos.


El tribunal no consideró acreditado que aquellas alteraciones disminuyeran su responsabilidad penal. El jurado declaró que actuó intencionadamente. La primera sentencia de la Audiencia Provincial de Guadalajara le impuso tres penas de prisión permanente revisable y 25 años, aunque el recorrido jurídico posterior modificó inicialmente parte de esa estructura antes de que el Tribunal Supremo fijara definitivamente tres prisiones permanentes revisables y otra pena de 25 años.


El Supremo dio así una enorme trascendencia jurídica al caso, en uno de los primeros grandes pronunciamientos sobre la prisión permanente revisable desde su incorporación al Código Penal español. Pero Pioz sigue siendo difícil de comprender incluso después de una sentencia firme.


Patrick comió con aquella familia. Conocía a las víctimas. Eran sus tíos. Los niños eran sus primos. Y mientras una familia desaparecía dentro de aquella casa, él mantenía una conversación a miles de kilómetros de distancia contando lo que estaba sucediendo, como quien narra un suceso ajeno y no la destrucción de su propia sangre.


Por eso quizá Pioz resulte tan inquietante. Porque aquí apenas existe el misterio de quién fue el asesino: Patrick lo confesó. Tampoco existe ya una gran incógnita jurídica: fue condenado. La verdadera pregunta permanece en otro lugar: ¿qué ocurre dentro de una persona para que pueda matar a cuatro miembros de su propia familia y, mientras lo hace, convertir la muerte en una conversación de WhatsApp? Y para esa pregunta ninguna sentencia tiene respuesta.


Miguel Ángel Arranz Molins
Miguel Ángel Arranz Molins

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