ANABEL SEGURA: 900 días esperando a una joven que ya había sido asesinada
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--- PÍLDORAS CRIMINALES ---

Hay crímenes en los que el asesinato es el final. En el caso de Anabel Segura fue solamente el principio. Porque probablemente lo más cruel de esta historia no sea únicamente que dos hombres secuestraran y asesinaran a una joven de 22 años. Lo verdaderamente difícil de comprender es lo que hicieron después: mantener durante más de dos años a sus padres creyendo que todavía podían recuperarla con vida.
Anabel Segura desapareció el 12 de abril de 1993. Aquella mañana había salido a hacer deporte por los alrededores de La Moraleja, en Alcobendas. Era una zona residencial, tranquila, de las que transmiten seguridad. Nadie hubiera imaginado que ese paseo matinal se convertiría en el punto de partida de uno de los casos criminales más seguidos de la historia reciente de España.

Un jardinero presenció cómo una joven forcejeaba mientras intentaban introducirla en una furgoneta blanca. En la calle quedaron algunas de sus pertenencias. Fue cuestión de segundos: un grito, un forcejeo, una furgoneta que arrancaba y desaparecía por una calle cualquiera. Había comenzado uno de los secuestros más famosos de la historia criminal española.
Pero los hombres que se habían llevado a Anabel no eran miembros de una sofisticada organización criminal. No había detrás una trama elaborada, ni meses de vigilancia, ni un plan meticuloso digno de película. Eran Emilio Muñoz Guadix y Cándido Ortiz Aón, dos hombres comunes, sin un historial que hiciera presagiar un crimen de esta magnitud. Buscaban dinero.
La elección de la víctima tuvo mucho más que ver con el lugar en el que se encontraba que con quién era ella. La Moraleja representaba para ellos la posibilidad de encontrar una familia con capacidad para pagar un rescate. Anabel no fue elegida: fue simplemente la persona equivocada, en el lugar equivocado, en el momento equivocado.
Su plan, sin embargo, comenzó a desmoronarse prácticamente desde el primer momento. Anabel se resistió. Según la reconstrucción posterior del crimen, incluso intentó escapar. Y pocas horas después de ser secuestrada fue asesinada. No hubo negociación real, no hubo cautiverio prolongado, no hubo nada de lo que, durante los dos años siguientes, España entera imaginaría que estaba ocurriendo.
La misma noche del 12 de abril de 1993 Anabel ya estaba muerta. Sus padres no lo sabían. España tampoco. Y ahí comenzó la segunda parte del crimen.
Los secuestradores reclamaron 150 millones de pesetas por su liberación, una cifra pensada para una familia con recursos, calculada con la misma frialdad con la que habían elegido el barrio.

Continuaron realizando llamadas. Negociaron. Dieron instrucciones. Amenazaron. Cada llamada era una nueva vuelta de tuerca, cada instrucción una nueva dosis de esperanza inyectada en una familia que solo quería recuperar a su hija. Y permitieron que interpretase cada comunicación como una señal de que su hija continuaba en algún lugar esperando ser rescatada.
Los padres de Anabel llegaron a preparar el dinero del rescate y siguieron protocolos de entrega diseñados por los propios secuestradores, pensados para generar confusión y evitar cualquier intento de seguimiento policial. Cada intento de entrega fracasaba, y cada fracaso se interpretaba no como una señal de alarma, sino como parte de un juego cruel que, según creían, terminaría con Anabel de vuelta en casa.
Llegaron incluso a fabricar algo todavía más perverso: una supuesta prueba de vida. La voz que aparecía en aquella cinta no pertenecía a Anabel, sino a Felisa García, esposa de Emilio Muñoz, fingiendo ser la joven secuestrada. La grabación debía convencer a los padres de que Anabel seguía viva. Pero cuando aquella mujer pronunciaba aquellas palabras, Anabel llevaba ya semanas muerta. Piénsenlo un momento: una mujer, en la intimidad de su casa, grabando su voz para hacerse pasar por una joven que ya no existía, sabiendo perfectamente que esas palabras servirían para prolongar la agonía de unos padres.
El engaño continuó y el caso se convirtió progresivamente en un fenómeno nacional. Alcobendas se llenó de muestras de apoyo. Hubo concentraciones, actos de solidaridad y lazos amarillos, símbolo que después se repetiría en otros casos de desaparición en España y que nació en gran medida asociado a esta historia. En mayo de 1995, más de dos años después de la desaparición, unas 3.500 personas participaron incluso en un acto para reclamar su liberación: miles de personas, muchas de ellas sin ninguna relación directa con la familia, pidiendo la vuelta a casa de una joven que ya no podía volver.
Todos seguían esperando a Anabel. Sus asesinos sabían que jamás regresaría.

Mientras el país entero se movilizaba, mientras los medios de comunicación seguían minuto a minuto cada novedad del caso, Emilio Muñoz y Cándido Ortiz continuaban con su vida, cobrando cuando podían pequeñas cantidades, sosteniendo una mentira que ya tenía vida propia y que se había convertido en algo mucho más grande que ellos mismos.
Entonces apareció un elemento que cambiaría la investigación: la televisión. En abril de 1995, el programa Quién sabe dónde, presentado por Paco Lobatón, emitió las grabaciones de las voces de los secuestradores.
España escuchó hablar a los hombres que tenían —supuestamente— a Anabel. Fue un momento televisivo que marcó a toda una generación: millones de espectadores, pegados a la pantalla, escuchando con atención cada palabra, cada acento, cada pausa, en busca de algo que ayudara a encontrar a la joven.
Se recibieron decenas de miles de llamadas. Algunas no servían para nada. Otras sí.
Determinadas expresiones y particularidades lingüísticas comenzaron a dirigir la investigación hacia Toledo. También había sonidos infantiles en la falsa prueba de vida, un detalle aparentemente menor que terminaría siendo clave: un llanto de fondo, una voz infantil que no debería haber estado ahí si de verdad se trataba de un cautiverio aislado y controlado.
Poco a poco, el círculo fue cerrándose. La policía cruzó datos, comparó voces, analizó el entorno sonoro de las grabaciones y fue reduciendo el número de sospechosos posibles hasta llegar a un nombre.

Finalmente llegaron las detenciones, y con ellas desapareció la última esperanza. Emilio Muñoz y Cándido Ortiz reconocieron su participación, confesando lo que la familia de Anabel llevaba dos años temiendo sin poder aceptarlo del todo.
El cuerpo de Anabel fue localizado en septiembre de 1995. Habían pasado aproximadamente 900 días desde su desaparición: novecientos días de búsqueda, de espera, de fe sostenida artificialmente por dos personas que jamás tuvieron intención de devolverla con vida.
Pero la verdad resultó mucho más terrible de lo esperado: la joven cuya liberación había reclamado España durante dos años había sobrevivido solamente unas horas a su secuestro. Todo lo demás —las llamadas, las negociaciones, las falsas pruebas de vida, las concentraciones, los lazos amarillos— había sido construido sobre una mentira que se sostuvo durante casi mil días.
Muñoz y Ortiz terminaron condenados a largas penas de prisión. La responsabilidad de Felisa García recibió un tratamiento penal diferente al apreciarse las circunstancias en las que había participado en la falsa grabación. Cándido Ortiz murió posteriormente en prisión, sin llegar a cumplir la totalidad de la condena que se le impuso.

Emilio Muñoz salió de la cárcel en 2013, después de que las consecuencias de la sentencia europea sobre la denominada doctrina Parot modificaran el cálculo de su cumplimiento penitenciario. Su salida reabrió el debate público sobre el caso, casi veinte años después de que España entera hubiera seguido en directo cada detalle de la investigación.
Pero la cifra que permanece asociada al caso no es una condena. Es otra: 900 días.
Novecientos días durante los cuales unos padres se despertaron cada mañana pensando que quizá ese día recuperarían a su hija. Novecientos días en los que una familia negoció con quienes sabían perfectamente que no tenían nada que entregar. Novecientos días de lazos amarillos, de vigilias, de esperanza pública sostenida por un país entero que no sabía que estaba acompañando un duelo, no una búsqueda.
Porque Anabel Segura fue asesinada en unas horas. Pero la esperanza de su familia fue secuestrada durante más de dos años. Y quizá esa sea la parte más cruel de toda esta historia.








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