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"Píldoras Criminales": La abuela que mató a su nieto

Cuando el peligro ya estaba dentro de casa



Un crimen olvidado de 1999 que desafía todos los esquemas: sin asesino

monstruoso, sin móvil reconocible, sin memoria colectiva. Solo una familia

destrozada y una pregunta que sigue sin respuesta.


Hay crímenes que monopolizan portadas durante meses. Documentales, series,

podcasts, debates interminables en televisión.


Y hay otros que desaparecen casi tan rápido como ocurrieron.


El caso de Joaquina G. pertenece a la segunda categoría. Un suceso brutal,

devastador y prácticamente borrado de la memoria colectiva española. Y sin

embargo, es exactamente el tipo de historia que nos obliga a mirar hacia donde más

incomoda.

Porque el peligro no siempre llega de fuera.


A veces ya estaba dentro.


UNA MAÑANA DE ENERO. UNA DECISIÓN RUTINARIA:


El 11 de enero de 1999, en el barrio madrileño de La Estrella, los padres de Alejandro

se fueron a trabajar sin imaginar que aquella mañana cambiaría sus vidas para

siempre.


Alejandro tenía dos años. Tenía síndrome de Down. Y aquella mañana tenía fiebre.

Por eso no fue a la guardería.


Ese detalle, aparentemente menor, es uno de los más perturbadores del caso. Porque

Alejandro ya no solía quedarse con su abuela. Sus padres lo habían matriculado en

una guardería meses antes, precisamente porque habían detectado que algo no iba

bien con Joaquina. Su estado emocional había empeorado de forma evidente. El

deterioro era perceptible.


Pero aquel día el niño no podía ir a clase.

Y la abuela estaba disponible.


Fue una excepción. Una sola excepción. Y resultó ser la última mañana de Alejandro.



EL DETERIORO QUE NADIE SUPO DETENER A TIEMPO:


Para entender lo que ocurrió dentro de aquella vivienda, hay que entender primero lo

que llevaba meses ocurriendo dentro de Joaquina.


La mujer atravesaba una crisis profunda. Una depresión severa agravada por la

separación de su marido tras décadas de matrimonio. La ruptura de una vida entera.

La sensación de que todo lo conocido se deshacía.


Ese tipo de pérdida, a cierta edad, puede resultar devastadora. Y en el caso de

Joaquina no solo desencadenó una depresión, sino algo más oscuro y más peligroso:

ideas delirantes.


La familia lo había notado. Por eso la decisión de la guardería. Por eso el

distanciamiento progresivo. Pero nadie tomó medidas más contundentes. Nadie la

internó. Nadie alertó a los servicios de salud mental de forma efectiva.

No porque fueran negligentes. Sino porque, en la mayoría de estos casos, la línea

entre «está pasando por un mal momento» y «representa un peligro real» resulta

invisible hasta que ya es demasiado tarde.


LA CARTA:


Antes de que ocurriera lo irreparable, Joaquina hizo algo que los investigadores no

esperaban encontrar.


Dejó una carta manuscrita.


En ella explicaba que estaba convencida de que alguien iba a arrebatarle al niño. Que

lo iban a separar de ella. Que lo que estaba a punto de hacer era la única forma de

protegerlo de ese sufrimiento futuro que ella, en su mente distorsionada, veía como

inevitable.


No había rabia en esas palabras. No había odio.

Solo el relato coherente, dentro de su propia lógica delirante, de una mujer que creía

estar salvando a su nieto.

Ese documento fue clave durante la investigación. No porque aclarara los hechos,

sino porque iluminó algo mucho más perturbador que cualquier confesión de culpa:

la mente de alguien que mata por amor. O por lo que queda del amor cuando la

enfermedad lo distorsiona todo.



LO QUE ENCONTRARON LOS VECINOS:


Horas después de que los padres de Alejandro se fueran a trabajar, los vecinos

escucharon gritos en el rellano.


Joaquina había salido al pasillo cubierta de sangre. Se repetía a sí misma las mismas

palabras una y otra vez: «¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?»


Dentro de la vivienda encontraron al pequeño muerto. Siete cuchilladas.


Joaquina también había intentado quitarse la vida. Se había clavado el cuchillo en el

cuello y en el pecho. Sobrevivió gracias a la intervención rápida de los servicios de

emergencia.


Ese intento de suicidio inmediato es otro elemento que los peritos tendrían muy en

cuenta. No huyó. No llamó a nadie para pedir ayuda. Dentro de la misma lógica

delirante que había guiado el crimen, su vida tampoco tenía ya ningún sentido.



EL JUICIO. UNA MUJER QUE NO RECORDABA NADA:


El caso llegó a la Audiencia Provincial de Madrid con una acusada que presentaba un

perfil radicalmente distinto al del asesino convencional.

No había antecedentes penales. No había historial de violencia. No había conflictos

familiares conocidos ni disputas económicas. Nada que encajara en el esquema

habitual de este tipo de crímenes.


En el estrado, Joaquina declaró que no recordaba nada de lo sucedido. Que solo

conocía los hechos por lo que le habían contado después. Y que adoraba a su nieto.

La defensa argumentó que padecía un grave trastorno depresivo con ideas delirantes,

que en el momento del crimen su mente estaba completamente disociada de la

realidad y que había actuado convencida de que protegía al niño de un mal mayor.


La Fiscalía no lo negó del todo. Aceptó que existía una alteración psíquica

importante. Pero entendió que esa alteración no había anulado por completo su

capacidad de decisión. Por eso solicitó diez años de prisión con la aplicación de una

eximente incompleta: una figura legal que reconoce la afectación mental sin llegar a

declarar la inimputabilidad total.


Era una posición difícil de sostener. Y también de rebatir.


Porque la pregunta que flotaba sobre toda la sala era la misma que sigue sin

respuesta cómoda: ¿cuándo deja una mente enferma de ser responsable de sus actos?


LO MÁS INQUIETANTE DEL CASO:


Lo que convierte este crimen en uno de los más perturbadores de la crónica negra

española no es únicamente la edad de la víctima, aunque dos años sea una edad que

deja sin palabras.


Es la ausencia total de los elementos que solemos necesitar para procesar este tipo de

tragedias.


No hubo malos tratos previos. No hubo conflicto familiar. No hubo un móvil

económico ni una venganza. Todo apunta a que Alejandro era un niño querido. Por

sus padres y también, a su manera, por su abuela.


Eso es precisamente lo que hace este caso tan difícil de digerir.


Cuando el asesino es un monstruo, cuando hay señales previas de peligro o cuando

existe un motivo reconocible, la mente busca el error que nadie supo ver a tiempo.

Encuentra un punto de fallo, lo señala y construye una narrativa que devuelve,

aunque sea en parte, la sensación de control.


Si hubieran hecho esto. Si hubieran evitado aquello.


Pero en el caso de Alejandro no hay ese alivio. Los padres tomaron precauciones

reales cuando detectaron el deterioro de Joaquina. La matricularon en una

guardería. Redujeron el contacto. Solo aquella mañana, por culpa de una fiebre,

volvieron a confiar en ella.



POR QUÉ LO OLVIDAMOS:


Más de veinticinco años después, el nombre de Alejandro no aparece en ningún

documental. Su historia no ha inspirado ninguna serie. Casi nadie fuera de su

entorno recuerda lo que ocurrió aquel 11 de enero de 1999 en el barrio de La Estrella.


Y quizá la razón no sea el paso del tiempo, sino algo más incómodo.


Este crimen no ofrece el tipo de horror que la memoria colectiva sabe cómo manejar.

No hay un asesino en serie. No hay una conspiración. No hay un investigador

brillante que descifra pistas. No hay giros de guion.


Solo una familia destrozada. Una abuela enferma. Un niño que tenía fiebre una

mañana de enero.


Y la certeza brutal de que hay tragedias frente a las que no existe ningún sistema de

alarma fiable. Ningún protocolo que garantice que nunca volverá a pasar.

Porque el peligro no entró por la puerta aquella mañana.


Ya estaba dentro.


Miguel Ángel Arranz Molins
Miguel Ángel Arranz Molins


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