PÍLDORAS CRIMINALES: EL CASO ASUNTA
- revistasinfiltros
- 4 days ago
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La niña perfecta que acabó asesinada por quienes debían protegerla
Y en este caso, además, todo parecía cuidadosamente construido para representar
exactamente lo contrario de lo que terminó ocurriendo.
Asunta Basterra Porto tenía doce años. Inteligente, brillante académicamente, educada,
disciplinada y con una vida aparentemente estable. Sus padres, Rosario Porto y Alfonso
Basterra, pertenecían a un entorno acomodado y culturalmente reconocido de Galicia. Ella
era abogada, procedente de una familia influyente de Santiago. Él, periodista y un hombre
acostumbrado al entorno intelectual.
La imagen exterior era impecable.

Pero detrás de aquella apariencia sofisticada, la investigación descubriría una realidad fría,
calculada y profundamente perturbadora.
La noche del 21 de septiembre de 2013, el cuerpo de Asunta apareció abandonado junto a
una pista forestal en Teo, muy cerca de Santiago de Compostela. Fue Alfonso Basterra quien
denunció primero la desaparición de la menor. Horas después, el cadáver era localizado por
un vecino.
España entera quedó paralizada.
Desde el primer momento hubo algo que no encajaba.
Los investigadores observaron contradicciones constantes en el relato de los padres.
Cambios de versión, horarios imprecisos, movimientos extraños y una serenidad que
muchos interpretaron como artificial.

La autopsia confirmó pronto el horror.
Asunta no había muerto de manera inmediata ni impulsiva. Había sido sedada previamente
con grandes cantidades de Lorazepam, comercializado como Orfidal, un potente ansiolítico
utilizado para tratar ansiedad e insomnio. Los forenses detectaron concentraciones
extraordinariamente elevadas en el organismo de la menor.
Aquello no era accidental.
Los análisis posteriores revelaron además algo todavía más inquietante: la niña llevaba
meses recibiendo dosis del medicamento de forma continuada. Los investigadores
concluyeron que había existido una sedación progresiva previa al asesinato.

El crimen empezaba a parecer planificado.
La reconstrucción judicial sostuvo que Asunta fue narcotizada durante horas hasta quedar
prácticamente indefensa. Después fue asfixiada hasta la muerte y trasladada
posteriormente al lugar donde apareció el cuerpo.
Uno de los elementos más devastadores del caso fue comprobar cómo la propia Asunta
había empezado a mostrar síntomas de somnolencia y pérdida de facultades semanas antes
del crimen. Profesores y personas cercanas llegaron a notar comportamientos extraños en
la menor.
Nadie imaginaba lo que realmente estaba ocurriendo.
La investigación avanzó rápidamente hacia el entorno familiar. Los agentes encontraron
restos biológicos, incoherencias en las coartadas y movimientos sospechosos de los padres
durante las horas previas y posteriores al asesinato.
El caso adquirió entonces una dimensión mediática gigantesca.
Cada detalle era debatido públicamente. Cada gesto de Rosario Porto durante los
interrogatorios y apariciones judiciales era analizado al milímetro. La frialdad emocional de
Alfonso Basterra alimentaba todavía más el desconcierto colectivo.

España seguía el caso casi en tiempo real.
Las cámaras captaban a Rosario entrando en los juzgados con gafas oscuras, visiblemente
deteriorada, mientras los medios comenzaban a construir una narrativa que mezclaba
tragedia familiar, alta sociedad gallega, medicamentos, manipulación psicológica y un
crimen imposible de comprender racionalmente.
Porque esa fue siempre la gran pregunta del caso:
¿Por qué?
Y la realidad es que nunca existió una respuesta plenamente convincente.
La sentencia judicial dejó acreditada la autoría, pero no consiguió despejar completamente
el móvil del asesinato.
Las teorías fueron múltiples.
Algunas apuntaban al desgaste psicológico de Rosario Porto, cuya vida personal y
emocional llevaba años deteriorándose. Otras hablaban de una relación familiar
completamente rota, marcada por tensiones internas, control emocional y una convivencia
artificial tras la separación de la pareja.
También surgieron hipótesis sobre la posibilidad de que Asunta se hubiera convertido,
simplemente, en un obstáculo incómodo para la vida de ambos.
Eso fue precisamente lo que más estremeció a buena parte de la sociedad española: la
posibilidad de que detrás de todo no hubiera un arrebato, una discusión o una enfermedad
mental descontrolada, sino algo mucho más frío.
La eliminación deliberada de una hija.
El juicio comenzó en 2015 y se convirtió en uno de los procesos judiciales más mediáticos
de la historia reciente de España.
El jurado popular declaró culpables a Rosario Porto y Alfonso Basterra por unanimidad.
La sentencia concluyó que ambos participaron activamente tanto en la sedación como en el
asesinato de la menor. Fueron condenados a dieciocho años de prisión por asesinato con la
agravante de parentesco.
Aun así, el caso siguió dejando más preguntas que respuestas.
La actitud de los acusados durante el juicio alimentó todavía más el misterio. Rosario Porto
alternaba momentos de aparente derrumbe psicológico con otros de enorme lucidez.
Alfonso Basterra mantuvo casi siempre una frialdad desconcertante.

Nunca hubo una confesión real.
Nunca existió arrepentimiento público claro.
Nunca se explicó completamente qué ocurrió en aquella casa durante las últimas horas de
vida de Asunta.
Con el paso de los años, el caso siguió muy presente en la memoria colectiva española.
Documentales, reportajes y series reconstruyeron una y otra vez la investigación. Cada
nueva producción volvía a poner sobre la mesa las mismas preguntas incómodas:
¿Cómo es posible que unos padres lleguen a matar a su hija?
¿Cómo puede mantenerse durante tanto tiempo una apariencia de normalidad?
¿En qué momento exacto se rompe por completo la moral de una persona?
En noviembre de 2020 llegó otro episodio oscuro.
Rosario Porto apareció muerta en la prisión de Brieva, en Ávila. Se había suicidado en su
celda. Su deterioro psicológico llevaba tiempo siendo evidente y ya había protagonizado
varios intentos autolesivos anteriores.
Con su muerte desaparecía probablemente una de las pocas personas que conocía toda la
verdad de lo ocurrido aquella noche.
Alfonso Basterra, mientras tanto, continuó cumpliendo condena en prisión.

Y entonces llegó otra noticia que volvió a generar un fuerte impacto social.
En marzo de 2026, tras haber cumplido más de la mitad de la pena, un juez le concedió su
primer permiso penitenciario.
La noticia reabrió inevitablemente el debate público.
Porque hay crímenes que, aunque jurídicamente tengan una condena concreta, socialmente
parecen imposibles de cerrar.
El asesinato de Asunta pertenece precisamente a esa categoría.
No solo por la brutalidad del crimen.
Sino porque destruyó algo más profundo: la confianza automática en el vínculo más básico
de todos.
El de unos padres con su hija.

Y quizá por eso, más de una década después, España sigue recordando el caso Asunta no
solo como un asesinato.
Sino como una de las historias más perturbadoras y difíciles de comprender de la crónica
negra española reciente.








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