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FAGOR: El imperio industrial que nació de las ideas de un sacerdote

Oct 6
6 min read


Hay empresas que nacen buscando beneficios. Otras, de una patente o una oportunidad comercial. Fagor nació de algo bastante diferente: de un sacerdote que llegó a un pueblo destrozado por la Guerra Civil convencido de que, antes que repartir riqueza, había que enseñar a las personas a crearla. Aquella idea terminaría dando origen no solo a Fagor, sino a uno de los mayores fenómenos cooperativos empresariales del mundo: Mondragón.

 

▶  UN SACERDOTE LLEGA A MONDRAGÓN


En 1941, José María Arizmendiarrieta llegó a Mondragón. España acababa de salir de la Guerra Civil. El país estaba empobrecido, dividido y con enormes carencias económicas y sociales. Arizmendiarrieta era sacerdote, pero su proyecto iba bastante más allá de la religión.


Estaba obsesionado con la educación, la formación técnica y la capacidad del trabajo para transformar una sociedad. Había extraído una conclusión dura de la guerra:


“Las ideas podían separar a las personas, pero las necesidades podían volver a unirlas.”

Y comenzó por algo sorprendentemente sencillo: un equipo de fútbol. Puede parecer anecdótico, pero detrás había una intención clara: conseguir que los jóvenes volvieran a compartir espacios, proyectos y objetivos. Después impulsó iniciativas sociales, viviendas cooperativas e incluso un sanatorio para enfermos de tuberculosis que carecían de asistencia. Pero pronto comprendió que ninguna ayuda solucionaría el problema fundamental. Hacía falta empleo. Y para crear empleo hacían falta conocimientos.

 

▶  PRIMERO UNA ESCUELA, DESPUÉS UNA FÁBRICA

En 1943 promovió la creación de una Escuela Profesional abierta a los jóvenes de Mondragón. La filosofía era sencilla: no bastaba con ayudar a una persona. Había que darle conocimientos para que pudiera construir su propio futuro.

Aquella escuela acabaría convirtiéndose en una extraordinaria cantera de técnicos, trabajadores y futuros empresarios. Entre sus alumnos había cinco jóvenes que cambiarían la historia industrial del País Vasco:


•        Luis Usatorre

•        Jesús Larrañaga

•        Alfonso Gorroñogoitia

•        José María Ormaechea

•        Javier Ortubay

 

Arizmendiarrieta los animó a dar un paso más: crear su propia empresa. Pero no una empresa convencional. Una empresa en la que los trabajadores fueran también propietarios.

En 1956 aquellos cinco jóvenes fundaron Talleres Ulgor. El nombre no escondía ninguna estrategia publicitaria sofisticada: ULGOR era simplemente un acrónimo formado con las iniciales de sus apellidos. Había nacido el germen de Fagor.

 

▶  DE ULGOR A FAGOR: EL NOMBRE QUE ENTRÓ EN MILLONES DE HOGARES


El pequeño taller comenzó fabricando cocinas, estufas y aparatos relacionados con el mundo de los electrodomésticos. Con cada año que pasaba, la compañía crecía. Y en 1959 llegó el nombre que acabaría siendo reconocido en toda España: Fagor.


CURIOSIDAD DESTACADA

Fagor nació porque Tagor ya estaba registrado

Cuando la compañía quiso registrar su nueva marca, su primera opción fue Tagor. No pudieron. El nombre ya estaba en uso. Tuvieron que buscar una alternativa y eligieron Fagor. Sin ese contratiempo burocrático, millones de hogares habrían tenido una lavadora Tagor en su cocina. Una de esas pequeñas casualidades que terminan escribiendo la historia grande de una marca.

 

 

▶  LA CURIOSIDAD QUE CASI NADIE CONOCE: UNA PERSONA, UN VOTO


La gran singularidad de Fagor no estaba en sus electrodomésticos. Estaba en sus propietarios. Los trabajadores eran también socios de la empresa. Cualquier trabajador podía participar económicamente en la cooperativa y tener voz real en las decisiones fundamentales.

La idea cuestionaba la división tradicional entre empresario y empleado. Aquí, al menos conceptualmente, ambos podían ser la misma persona. De ahí surgió uno de los principios más conocidos del cooperativismo de Mondragón:


  Una persona. Un voto. Sin importar cuánto capital tuviera cada uno. 

 

El proyecto empresarial debía pertenecer a quienes trabajaban en él. Aquello que había comenzado con cinco jóvenes y un sacerdote empezaba a convertirse en algo muchísimo mayor.

 

▶  CUANDO UNA EMPRESA EMPIEZA A CREAR SU PROPIO MUNDO


El modelo cooperativo no se detuvo en los electrodomésticos. Creció y con él aparecieron nuevas necesidades que el propio ecosistema fue resolviendo desde dentro:

•        Las empresas necesitaban financiación → nació Caja Laboral.

•        Los trabajadores necesitaban protección social → se desarrolló Lagun Aro.

•        Los consumidores podían organizarse cooperativamente → surgió Eroski.

 

Educación, industria, financiación, distribución, protección social. Pieza a pieza se estaba construyendo un sistema empresarial prácticamente completo que acabaría articulándose alrededor de lo que hoy conocemos como Mondragón: uno de los mayores grupos empresariales españoles, nacido en un municipio vasco de apenas 8.500 habitantes.

 

▶  LA CRONOLOGÍA CLAVE

1941

Arizmendiarrieta llega a Mondragón. Comienza su labor social y educativa en un país destrozado por la guerra.

 

1943

Funda la Escuela Profesional de Mondragón, cantera de los futuros fundadores de Fagor.

 

1956

Cinco ex alumnos fundan Talleres Ulgor, el germen directo de Fagor.

 

1959

Nace la marca Fagor. El nombre Tagor, primera opción, ya estaba registrado.

 

1976

Muere Arizmendiarrieta. Mondragón sigue creciendo sin su fundador.

 

2013

Fagor Electrodomésticos entra en concurso de acreedores. El mayor símbolo del cooperativismo industrial vasco se derrumba.

 

Hoy

La marca Fagor sobrevive a la caída de la empresa. Una fábrica puede cerrar, pero una marca puede seguir valiendo millones.

 

 

▶  MUCHO MÁS QUE FABRICAR LAVADORAS


Para el consumidor, Fagor significaba frigoríficos, hornos, lavadoras o cocinas. Pero detrás existía otra realidad industrial mucho menos conocida. El conocimiento tecnológico acumulado durante décadas permitió desarrollar maquinaria, procesos productivos, automatización y soluciones industriales de alto nivel.

Fagor no solo fabricaba el electrodoméstico que terminaba en una cocina. También podía diseñar cómo fabricar esos electrodomésticos. Ingeniería, líneas de producción, maquinaria avanzada, tecnología e instalaciones industriales completas.

Representaba así una parte esencial de ese tejido industrial vasco capaz de exportar no solo productos, sino también conocimiento.

 

▶  EL HORNO QUE SE LIMPIA PRÁCTICAMENTE SOLO


La innovación fue siempre una seña de identidad de la marca. Uno de los terrenos donde Fagor trabajó con más determinación fue el desarrollo de tecnologías aplicadas a los electrodomésticos: desde sistemas de inducción hasta mejoras en pirólisis.

El horno pirolítico merece una mención especial. En lugar de obligar al usuario a frotar durante horas los restos de grasa, el horno alcanza temperaturas extremadamente elevadas que descomponen los residuos orgánicos hasta convertirlos prácticamente en ceniza. Después basta con retirarlos.

Tecnología de precisión aplicada a resolver uno de los trabajos domésticos menos agradecidos. Una filosofía de innovación que reflejaba perfectamente el espíritu original del proyecto: el conocimiento al servicio de las personas.

 

▶  CUANDO EL GIGANTE CAYÓ


Durante décadas Fagor Electrodomésticos fue uno de los grandes escaparates del éxito cooperativo. Hasta que llegó la crisis financiera de 2008 y sus consecuencias. La expansión internacional agresiva, el endeudamiento acumulado, la caída del consumo y los problemas estructurales fueron deteriorando las cuentas de forma progresiva e irreversible.

En 2013 ocurrió lo que durante años había parecido impensable: Fagor Electrodomésticos entró en concurso de acreedores. El mayor símbolo industrial del cooperativismo vasco se derrumbaba.

Y aquello abrió un debate mucho más profundo. En una compañía convencional pueden enfrentarse trabajadores y propietarios. En una cooperativa, quienes pueden perder el empleo son también parte de los propietarios. La fortaleza histórica del modelo se convertía, durante una crisis extrema, en una de sus mayores contradicciones.


“¿Qué ocurre cuando una empresa cooperativa gigantesca deja de ser viable?”

 

▶  UNA MARCA PUEDE SOBREVIVIR A SU PROPIA EMPRESA


Y entonces ocurrió algo que demuestra hasta qué punto una marca puede tener vida propia. Fagor Electrodomésticos podía desaparecer como había existido hasta entonces. Pero Fagor seguía teniendo valor.

Décadas de publicidad, electrodomésticos en millones de hogares y presencia en la distribución habían convertido aquellas cinco letras en un activo empresarial de enorme peso. La marca sobrevivió a la caída de la empresa que la había hecho famosa y atravesó posteriormente operaciones empresariales y disputas sobre su utilización.


  Una fábrica puede cerrar. Una marca puede seguir valiendo millones. 

 

 

▶  EL LEGADO


La historia de Fagor no debería contarse únicamente como la historia de una empresa que terminó entrando en crisis. Eso sería quedarse con el último capítulo y olvidar todo lo anterior.

Durante más de medio siglo demostró que era posible construir grandes proyectos industriales con una estructura empresarial diferente. De aquel pequeño municipio surgieron empresas, centros educativos, entidades financieras, sistemas de protección social y miles de puestos de trabajo.


Todo partió de una idea extraordinariamente sencilla:


•        Que el conocimiento daba libertad.

•        Que el trabajo podía generar comunidad.

•        Que un trabajador podía ser algo más que un empleado.

 

José María Arizmendiarrieta murió en 1976. No llegó a contemplar todas las dimensiones que alcanzaría posteriormente Mondragón. Pero aquel sacerdote que llegó en 1941 a un pueblo golpeado por la guerra consiguió algo bastante más difícil que inventar un electrodoméstico.


“Inventó una manera diferente de entender la empresa.”


Antes de fabricar hornos, lavadoras o frigoríficos, Fagor fabricó algo mucho más difícil: un modelo empresarial. Una marca que pasó de un pequeño taller de cinco jóvenes a entrar en millones de cocinas.

 

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