EVA BLANCO 18 años para encontrar al hombre del ADN

Hay crímenes que se resuelven en unas horas. Otros necesitan años. Y algunos parecen destinados a quedar enterrados para siempre en un archivo policial. El asesinato de Eva Blanco necesitó 18 años y una pequeña muestra biológica para encontrar a su presunto asesino. La madrugada del 20 de abril de 1997, Eva tenía 16 años. Había salido con unos amigos en Algete, una localidad situada al norte de Madrid, y al terminar la noche emprendió el camino de regreso a casa. Pero nunca llegó. Horas después, su cuerpo apareció junto a una carretera próxima al municipio, en la cuneta de la vía que une Algete con Cobeña. Había sido víctima de una agresión sexual y había recibido numerosas puñaladas; la autopsia determinaría más tarde que fueron veinte.

Algete quedó conmocionado. El asesino parecía haberse esfumado. Pero había cometido un error: había dejado restos biológicos en la ropa de la víctima. En 1997 aquello todavía no significaba lo que significa hoy. Los investigadores disponían de un perfil genético, pero no tenían a nadie con quien relacionarlo, y la genética forense estaba lejos de ofrecer lo que ofrece ahora. Comenzó entonces una investigación gigantesca. La Guardia Civil abrió más de cien líneas de investigación, interrogó a centenares de personas, reconstruyó las últimas horas de Eva y durante años buscó a un hombre que parecía no existir. Incluso se organizaron campañas de recogida voluntaria de muestras genéticas entre hombres relacionados con Algete: más de dos mil vecinos llegaron a ofrecerse para colaborar. Una muestra detrás de otra, un sospechoso detrás de otro, y siempre el mismo resultado: ninguno era el hombre que buscaban.
Pasaron cinco años. Después diez. Después quince. El expediente envejecía, pero la muestra biológica encontrada en 1997 continuaba guardando el secreto. Y entonces la ciencia hizo lo que los investigadores no habían podido hacer durante años. En 2013, nuevas técnicas de genética forense y análisis de parentesco mediante ADN permitieron estudiar de nuevo aquella muestra. Los especialistas establecieron que el perfil correspondía, con alta probabilidad, a un hombre de origen norteafricano: era una pista enorme. La Guardia Civil volvió sobre el censo de antiguos residentes de Algete y comenzó a estrechar el círculo, tomando muestras entre quienes encajaban con ese perfil, hasta que apareció una coincidencia extraordinaria. El ADN de uno de los hombres analizados presentaba una proximidad genética superior al 97 % con el perfil encontrado en el cuerpo de Eva. Pero había un problema: aquel hombre no era el asesino, sino un familiar directo, con quien compartía el mismo cromosoma Y.
Los investigadores miraron entonces hacia su familia y descartaron a otro de los hermanos, cuya muestra dio un resultado idéntico de parentesco pero no de autoría. Y allí, finalmente, apareció un nombre: Ahmed Chelh. Había vivido en Algete en la época del asesinato, pero dos años después del crimen había abandonado España y se había instalado en Francia, donde había rehecho su vida junto a una nueva mujer y sus hijos. Los agentes ya tenían una hipótesis; ahora necesitaban demostrarla. El 1 de octubre de 2015, la Gendarmería francesa, en colaboración con la Guardia Civil, lo detuvo cerca de la frontera con Suiza, en la localidad de Pierrefontaine-lès-Varans. Habían pasado 18 años desde aquella madrugada de abril, y apenas quedaba año y medio antes de que el delito prescribiera. Tras su entrega a España llegó la prueba definitiva: el ADN de Ahmed Chelh coincidía con el perfil genético obtenido de los restos biológicos encontrados en la ropa de Eva.

Después de casi dos décadas, la investigación parecía haber terminado. Faltaba una última cosa: el juicio. Nunca llegó a celebrarse. El 29 de enero de 2016, Ahmed Chelh fue encontrado ahorcado en su celda de la prisión madrileña de Alcalá Meco, y su muerte cerró para siempre la posibilidad de que un tribunal determinara judicialmente su culpabilidad. Por eso existe una precisión importante cuando se cuenta esta historia: Ahmed Chelh murió siendo el principal —y único— sospechoso del crimen, pero nunca llegó a ser condenado. Eva Blanco tampoco pudo tener una sentencia. Pero su caso dejó una de las investigaciones criminales más impresionantes de la historia reciente de España. Durante 18 años, la Guardia Civil persiguió a un hombre cuyo nombre desconocía: no tenía una confesión, no tenía un testigo que pudiera identificarlo con certeza, tenía algo mucho más pequeño, una muestra microscópica conservada desde 1997. La ciencia terminó haciendo hablar a aquella muestra, y dieciocho años después, señaló primero a un hermano, y después a un hombre.











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