El hombre del acueducto, Diogo Alves: el gallego que convirtió las alturas de Lisboa en su matadero particular
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- May 7
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En esta ocasión saltamos al país vecino. Cruzamos la frontera y nos
adentramos en el Portugal convulso del siglo XIX, donde una ciudad en
expansión no supo —o no quiso— ver lo que tenía delante de los ojos. Esta es
la historia de un hombre sin historia, sin apellido ilustre ni pasado notable,
que encontró en la indiferencia institucional el caldo de cultivo perfecto para
matar. Repetidamente. Con pasmosa facilidad.
I. LISBOA, ENTRE LA MISERIA Y EL RUIDO DE FONDO:
Corría la primera mitad del siglo XIX y Lisboa era una ciudad que crecía sin orden,
como quien añade habitaciones a una casa sin plano previo. Campesinos que bajaban
del norte buscando sustento, jornaleros que vivían al albur del día, comerciantes que
cruzaban la ciudad a pie, con la bolsa ajustada bajo la capa y la esperanza de llegar a
casa. Nadie les esperaba si no llegaban. Nadie preguntaba demasiado.
En ese escenario de ruido y olvido aparece Diogo Alves. Gallego de origen, emigrado
a Portugal como tantos otros, sin historia que lo preceda ni posición que lo distinga.
Un hombre del montón. Y ahí, precisamente ahí, reside la incomodidad de su relato:
no hacía falta ser extraordinario para matar cuando el entorno te lo ponía en
bandeja.
No era un genio. No tenía un plan maestro. Tenía ojos para leer lo que había a su
alrededor: una ciudad ciega, un sistema dormido y una infraestructura que, sin
pretenderlo, era el escenario perfecto para el crimen.

II. EL ACUEDUCTO: ARQUITECTURA DE LA IMPUNIDAD:
El Acueducto de las Aguas Libres no era solo una maravilla de ingeniería hidráulica.
Era también un puente elevado. Una pasarela suspendida sobre el vacío que cruzaba
el valle de Alcântara a una altura que convertía cualquier caída en un final sin
retorno. Y lo que es más importante para nuestro protagonista: era un lugar de
tránsito sin vigilancia real, un corredor donde los caminantes quedaban solos con el
viento y sus pensamientos.
Alves comprendió algo que las autoridades tardaron demasiado en procesar: si el
cuerpo cae desde la altura suficiente, la muerte se parece mucho a un accidente. O a
una decisión propia. Y la Lisboa de aquella época no estaba en condiciones de
distinguir entre las dos cosas.
Su método no tenía ninguna complejidad. Ningún ritual, ningún simbolismo,
ninguna firma. Elegía a sus víctimas entre los solitarios que cruzaban el acueducto
—comerciantes con algo en los bolsillos, viajeros sin compañía—, los asaltaba y los
lanzaba al vacío. Lo que el suelo recibía abajo, la autoridad lo catalogaba con la
mayor de las comodidades: un suicidio más. Un desdichado que no pudo con el peso
de la vida.
Durante meses, y muy probablemente durante años, los cuerpos se acumularon al pie
del acueducto. Y el silencio administrativo se acumuló con ellos.

III. EL FALLO DEL SISTEMA: CONFUNDIR PATRÓN CON CASUALIDAD:
He aquí el punto que convierte esta historia en algo más que una crónica de
violencia: Diogo Alves no fue un criminal especialmente brillante. Lo que fue, con
cruda precisión, fue un criminal que operó en un sistema incapaz de ver lo evidente.
Decenas de muertos. El mismo punto de partida. El mismo despeñadero. El mismo
vacío final. Y sin embargo, nadie fue capaz —o nadie quiso— de trazar una línea recta
entre esos puntos y nombrar lo que era: una serie de asesinatos. No había perfilación
criminal porque esa disciplina ni existía. No había análisis de patrones porque nadie
había concebido que fuera necesario. Había cadáveres y había excusas, y con eso
parecía bastar.
Se le atribuyen cerca de setenta víctimas. La cifra exacta nunca se ha podido probar
con rigor documental, y probablemente nunca se probará. Pero el número preciso
importa menos que la lección que arrastra: pudo matar más de una vez, y luego otra,
y otra más, porque nadie lo paró a tiempo. El entorno lo permitía. El sistema lo
ignoraba. La ciudad miraba hacia otro lado.
IV. CUANDO CIERRAN EL ACUEDUCTO, EL CRIMINAL SE REINVENTA:
Llegó el momento en que la acumulación de muertes se hizo demasiado ruidosa para
seguir siendo ignorada. Las autoridades lisboetas restringieron el acceso al
acueducto. Y entonces ocurrió algo que desmonta cualquier lectura romántica de
Alves como asesino en serie de instintos puros: simplemente se adaptó.
No entró en crisis. No se detuvo. No buscó otro despeñadero. Formó una banda,
comenzó a perpetrar robos organizados, entró en viviendas, y mató cuando la
situación lo requirió. El acueducto nunca había sido su obsesión. Era, con toda la
frialdad del mundo, su herramienta de trabajo. Cuando la herramienta dejó de estar
disponible, encontró otras.
Esto es lo que separa a Diogo Alves del mito que se construyó después en torno a su
figura: no era un psicópata clásico movido por pulsiones incomprensibles. Era un
delincuente violento con un objetivo perfectamente mundano —robar, sobrevivir,
dominar— que usó la violencia como medio, no como fin en sí mismo. El acueducto
le dio impunidad. La banda le dio estructura. El crimen fue siempre, ante todo,
funcional.
V. LA CAÍDA Y EL HACHA DEL VERDUGO:
Las carreras criminales de la época solían terminar de la misma manera: un exceso,
un testigo inesperado, un cómplice que hablaba de más. La de Alves no fue diferente.
En 1840 fue detenido tras un crimen cometido en el contexto de un robo. Esta vez el
sistema, que durante años había mirado sin ver, reaccionó con una contundencia casi
proporcional a su larga negligencia.
El juicio fue expeditivo. La condena, firme. Y el 19 de febrero de 1841, Diogo Alves
fue ejecutado en Lisboa. La historia lo retuvo con un dato adicional que lo coloca en
un lugar singular de la crónica penal portuguesa: se le considera el último hombre
ejecutado en Portugal por crímenes de carácter civil, antes de que el país aboliera la
pena de muerte para este tipo de delitos. Una distinción macabra para una vida
macabra.
No cayó, conviene subrayarlo, por sus crímenes en el acueducto. Cayó por el error
posterior. La justicia, cuando por fin llegó, llegó tarde y por la puerta equivocada.
VI. LA CABEZA EN EL FRASCO: ENTRE LA CIENCIA Y EL ESPECTÁCULO:
Pero la historia de Diogo Alves no terminó en el patíbulo. Hubo un epílogo tan
perturbador como revelador de la época. Tras su ejecución, su cabeza fue separada
del cuerpo y conservada en formol. Hoy sigue expuesta —o al menos custodiada— en
la Facultad de Medicina de la Universidad de Lisboa.
El motivo declarado era científico: en aquellos años florecía la frenología, esa
disciplina que pretendía leer la criminalidad en la forma del cráneo, en las
protuberancias del hueso, en los mapas silenciosos de la anatomía. Una
pseudociencia con apariencia académica que el siglo XX terminó de enterrar, pero
que en el XIX gozaba de un crédito considerable entre quienes buscaban
explicaciones ordenadas para el desorden humano.
La cabeza de Alves se convirtió así en objeto de estudio y, con el tiempo, en objeto de
fascinación. En el cruce incómodo entre la medicina de su tiempo y el morbo que
siempre acompaña a los grandes criminales. Sigue ahí, mirando desde su frasco,
como una pregunta sin respuesta satisfactoria.

VII. ¿EL PRIMER ASESINO EN SERIE DE PORTUGAL? SOBRE LAS ETIQUETAS Y SUS LÍMITES:
Se le presenta habitualmente como el primer asesino en serie de la historia de
Portugal. Y la etiqueta tiene su atractivo narrativo, su utilidad para situar al
personaje en una galería conocida. Pero conviene ser precisos, porque la historia
merece más que una etiqueta bien sonante.
El concepto moderno de asesino en serie implica, en su definición académica, un
patrón psicológico, una motivación interna de cierta complejidad, una firma que
trasciende el mero resultado. Alves no ofrece nada de eso. Lo que ofrece es algo más
simple y, en cierto sentido, más escalofriante: violencia repetida con finalidad
económica. Robo. Dominio. Supervivencia. Un bandido que mató muchas veces
porque matar le resultaba útil.
Encaja mejor en la categoría del delincuente violento y reincidente que en el perfil
del asesino serial al uso. El mito llegó después, construido por una ciudad que
necesitaba darle nombre al horror que no supo ver a tiempo.
La conclusión incómoda:
Diogo Alves no fue un genio del mal. No fue un caso excepcional ni un misterio
que la razón no pueda alcanzar. Fue algo más prosaico y, por eso mismo, más
inquietante: la prueba de que cuando el entorno falla, el crimen se vuelve fácil.
Un hombre sin nada especial pudo matar durante años porque no había control,
no había análisis, no había reacción. Y cuando la hubo, ya era demasiado tarde
para muchos.

El Acueducto de las Aguas Libres sigue en pie. Lisboa ha cambiado hasta hacerse
irreconocible. Los sistemas de justicia y de orden también. Pero la lección permanece
tan vigente como el día en que el primer cuerpo cayó al vacío: el problema nunca es
solo el criminal. El problema es todo lo que le permite actuar sin ser detenido.

Miguel Ángel Arranz Molins



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