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El hombre del acueducto, Diogo Alves: el gallego que convirtió las alturas de Lisboa en su matadero particular


En esta ocasión saltamos al país vecino. Cruzamos la frontera y nos

adentramos en el Portugal convulso del siglo XIX, donde una ciudad en

expansión no supo —o no quiso— ver lo que tenía delante de los ojos. Esta es

la historia de un hombre sin historia, sin apellido ilustre ni pasado notable,

que encontró en la indiferencia institucional el caldo de cultivo perfecto para

matar. Repetidamente. Con pasmosa facilidad.


I. LISBOA, ENTRE LA MISERIA Y EL RUIDO DE FONDO:


Corría la primera mitad del siglo XIX y Lisboa era una ciudad que crecía sin orden,

como quien añade habitaciones a una casa sin plano previo. Campesinos que bajaban

del norte buscando sustento, jornaleros que vivían al albur del día, comerciantes que

cruzaban la ciudad a pie, con la bolsa ajustada bajo la capa y la esperanza de llegar a

casa. Nadie les esperaba si no llegaban. Nadie preguntaba demasiado.

En ese escenario de ruido y olvido aparece Diogo Alves. Gallego de origen, emigrado

a Portugal como tantos otros, sin historia que lo preceda ni posición que lo distinga.

Un hombre del montón. Y ahí, precisamente ahí, reside la incomodidad de su relato:

no hacía falta ser extraordinario para matar cuando el entorno te lo ponía en

bandeja.

No era un genio. No tenía un plan maestro. Tenía ojos para leer lo que había a su

alrededor: una ciudad ciega, un sistema dormido y una infraestructura que, sin

pretenderlo, era el escenario perfecto para el crimen.



II. EL ACUEDUCTO: ARQUITECTURA DE LA IMPUNIDAD:


El Acueducto de las Aguas Libres no era solo una maravilla de ingeniería hidráulica.

Era también un puente elevado. Una pasarela suspendida sobre el vacío que cruzaba

el valle de Alcântara a una altura que convertía cualquier caída en un final sin

retorno. Y lo que es más importante para nuestro protagonista: era un lugar de


tránsito sin vigilancia real, un corredor donde los caminantes quedaban solos con el

viento y sus pensamientos.

Alves comprendió algo que las autoridades tardaron demasiado en procesar: si el

cuerpo cae desde la altura suficiente, la muerte se parece mucho a un accidente. O a

una decisión propia. Y la Lisboa de aquella época no estaba en condiciones de

distinguir entre las dos cosas.

Su método no tenía ninguna complejidad. Ningún ritual, ningún simbolismo,

ninguna firma. Elegía a sus víctimas entre los solitarios que cruzaban el acueducto

—comerciantes con algo en los bolsillos, viajeros sin compañía—, los asaltaba y los

lanzaba al vacío. Lo que el suelo recibía abajo, la autoridad lo catalogaba con la

mayor de las comodidades: un suicidio más. Un desdichado que no pudo con el peso

de la vida.

Durante meses, y muy probablemente durante años, los cuerpos se acumularon al pie

del acueducto. Y el silencio administrativo se acumuló con ellos.



III. EL FALLO DEL SISTEMA: CONFUNDIR PATRÓN CON CASUALIDAD:


He aquí el punto que convierte esta historia en algo más que una crónica de

violencia: Diogo Alves no fue un criminal especialmente brillante. Lo que fue, con

cruda precisión, fue un criminal que operó en un sistema incapaz de ver lo evidente.

Decenas de muertos. El mismo punto de partida. El mismo despeñadero. El mismo

vacío final. Y sin embargo, nadie fue capaz —o nadie quiso— de trazar una línea recta

entre esos puntos y nombrar lo que era: una serie de asesinatos. No había perfilación

criminal porque esa disciplina ni existía. No había análisis de patrones porque nadie

había concebido que fuera necesario. Había cadáveres y había excusas, y con eso

parecía bastar.

Se le atribuyen cerca de setenta víctimas. La cifra exacta nunca se ha podido probar

con rigor documental, y probablemente nunca se probará. Pero el número preciso

importa menos que la lección que arrastra: pudo matar más de una vez, y luego otra,

y otra más, porque nadie lo paró a tiempo. El entorno lo permitía. El sistema lo

ignoraba. La ciudad miraba hacia otro lado.


IV. CUANDO CIERRAN EL ACUEDUCTO, EL CRIMINAL SE REINVENTA:


Llegó el momento en que la acumulación de muertes se hizo demasiado ruidosa para

seguir siendo ignorada. Las autoridades lisboetas restringieron el acceso al

acueducto. Y entonces ocurrió algo que desmonta cualquier lectura romántica de

Alves como asesino en serie de instintos puros: simplemente se adaptó.

No entró en crisis. No se detuvo. No buscó otro despeñadero. Formó una banda,

comenzó a perpetrar robos organizados, entró en viviendas, y mató cuando la

situación lo requirió. El acueducto nunca había sido su obsesión. Era, con toda la

frialdad del mundo, su herramienta de trabajo. Cuando la herramienta dejó de estar

disponible, encontró otras.


Esto es lo que separa a Diogo Alves del mito que se construyó después en torno a su

figura: no era un psicópata clásico movido por pulsiones incomprensibles. Era un

delincuente violento con un objetivo perfectamente mundano —robar, sobrevivir,

dominar— que usó la violencia como medio, no como fin en sí mismo. El acueducto

le dio impunidad. La banda le dio estructura. El crimen fue siempre, ante todo,

funcional.


V. LA CAÍDA Y EL HACHA DEL VERDUGO:


Las carreras criminales de la época solían terminar de la misma manera: un exceso,

un testigo inesperado, un cómplice que hablaba de más. La de Alves no fue diferente.

En 1840 fue detenido tras un crimen cometido en el contexto de un robo. Esta vez el

sistema, que durante años había mirado sin ver, reaccionó con una contundencia casi

proporcional a su larga negligencia.

El juicio fue expeditivo. La condena, firme. Y el 19 de febrero de 1841, Diogo Alves

fue ejecutado en Lisboa. La historia lo retuvo con un dato adicional que lo coloca en

un lugar singular de la crónica penal portuguesa: se le considera el último hombre

ejecutado en Portugal por crímenes de carácter civil, antes de que el país aboliera la

pena de muerte para este tipo de delitos. Una distinción macabra para una vida

macabra.

No cayó, conviene subrayarlo, por sus crímenes en el acueducto. Cayó por el error

posterior. La justicia, cuando por fin llegó, llegó tarde y por la puerta equivocada.


VI. LA CABEZA EN EL FRASCO: ENTRE LA CIENCIA Y EL ESPECTÁCULO:


Pero la historia de Diogo Alves no terminó en el patíbulo. Hubo un epílogo tan

perturbador como revelador de la época. Tras su ejecución, su cabeza fue separada

del cuerpo y conservada en formol. Hoy sigue expuesta —o al menos custodiada— en

la Facultad de Medicina de la Universidad de Lisboa.


El motivo declarado era científico: en aquellos años florecía la frenología, esa

disciplina que pretendía leer la criminalidad en la forma del cráneo, en las

protuberancias del hueso, en los mapas silenciosos de la anatomía. Una

pseudociencia con apariencia académica que el siglo XX terminó de enterrar, pero

que en el XIX gozaba de un crédito considerable entre quienes buscaban

explicaciones ordenadas para el desorden humano.


La cabeza de Alves se convirtió así en objeto de estudio y, con el tiempo, en objeto de

fascinación. En el cruce incómodo entre la medicina de su tiempo y el morbo que

siempre acompaña a los grandes criminales. Sigue ahí, mirando desde su frasco,

como una pregunta sin respuesta satisfactoria.


El programa "Cuarto Milenio" de Iker Jiménez dedicó su espacio al caso de Diogo Alves
El programa "Cuarto Milenio" de Iker Jiménez dedicó su espacio al caso de Diogo Alves

VII. ¿EL PRIMER ASESINO EN SERIE DE PORTUGAL? SOBRE LAS ETIQUETAS Y SUS LÍMITES:


Se le presenta habitualmente como el primer asesino en serie de la historia de

Portugal. Y la etiqueta tiene su atractivo narrativo, su utilidad para situar al

personaje en una galería conocida. Pero conviene ser precisos, porque la historia

merece más que una etiqueta bien sonante.


El concepto moderno de asesino en serie implica, en su definición académica, un

patrón psicológico, una motivación interna de cierta complejidad, una firma que

trasciende el mero resultado. Alves no ofrece nada de eso. Lo que ofrece es algo más

simple y, en cierto sentido, más escalofriante: violencia repetida con finalidad

económica. Robo. Dominio. Supervivencia. Un bandido que mató muchas veces

porque matar le resultaba útil.


Encaja mejor en la categoría del delincuente violento y reincidente que en el perfil

del asesino serial al uso. El mito llegó después, construido por una ciudad que

necesitaba darle nombre al horror que no supo ver a tiempo.


La conclusión incómoda:


Diogo Alves no fue un genio del mal. No fue un caso excepcional ni un misterio

que la razón no pueda alcanzar. Fue algo más prosaico y, por eso mismo, más

inquietante: la prueba de que cuando el entorno falla, el crimen se vuelve fácil.

Un hombre sin nada especial pudo matar durante años porque no había control,

no había análisis, no había reacción. Y cuando la hubo, ya era demasiado tarde

para muchos.


‘Lisbon Noir’, serie de Prime vídeo sobre el caso de Diogo Alves
‘Lisbon Noir’, serie de Prime vídeo sobre el caso de Diogo Alves

El Acueducto de las Aguas Libres sigue en pie. Lisboa ha cambiado hasta hacerse

irreconocible. Los sistemas de justicia y de orden también. Pero la lección permanece

tan vigente como el día en que el primer cuerpo cayó al vacío: el problema nunca es

solo el criminal. El problema es todo lo que le permite actuar sin ser detenido.













Miguel Ángel Arranz Molins

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