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EL CRIMEN DE FAGO: El pueblo en el que todos parecían tener un motivo

Sep 17
3 min read

—PILDORAS CRIMINALES—


Imaginen un asesinato en una ciudad de tres millones de habitantes. Miles de coches. Miles de desconocidos. Miles de lugares donde desaparecer. Ahora cambien completamente el escenario: un pueblo del Pirineo aragonés con apenas unas decenas de habitantes. Todos conocen al muerto. Todos conocen a sus enemigos. Y prácticamente todos saben qué vecino está enfrentado con qué vecino. Entonces asesinan al alcalde. Eso fue Fago.


La noche del 12 de enero de 2007, Miguel Grima, alcalde del pequeño municipio oscense, regresaba hacia el pueblo después de participar en una reunión comarcal. No llegó. Su cadáver fue localizado al día siguiente junto a la carretera. Había sido víctima de una emboscada, en un tramo de carretera que cualquier vecino de la zona recorría de memoria, casi sin pensarlo.



El escenario convirtió inmediatamente el asesinato en algo extraordinario. Grima no era solamente alcalde. Era el centro de una enorme cantidad de conflictos personales, administrativos y políticos que habían dividido a una comunidad diminuta. Y cuando los investigadores comenzaron a preguntar quién podía desearle algún mal, se encontraron con un problema: la lista parecía demasiado larga para un pueblo tan pequeño.


Durante días, Fago pareció convertirse en una novela de Agatha Christie. Periodistas recorriendo las calles. Vecinos hablando de denuncias. Disputas por caminos. Problemas urbanísticos. Enemistades. Pleitos. Una comunidad aparentemente idílica escondía años de enfrentamientos que hasta entonces habían permanecido dentro de los límites del propio pueblo, sin trascender jamás al resto del país.


Entre aquellos vecinos estaba Santiago Mainar Sauras. Agente forestal. Ganadero. Y adversario declarado del alcalde. La investigación terminó concentrándose en él. Mainar fue detenido. Y ocurrió algo decisivo: confesó. Describió cómo había preparado la emboscada, cómo había colocado obstáculos para obligar al alcalde a detener su vehículo, cómo había esperado su llegada y cómo había disparado.



Parecía el final del caso. No lo fue. Porque Mainar se retractó. Durante el juicio sostuvo una versión extraordinaria: aseguraba que había confesado para liberar de sospecha a los habitantes de Fago. Según él, se había sacrificado. Llegó a alegar la existencia de un supuesto entendimiento con investigadores de la Guardia Civil. Los agentes lo negaron tajantemente, y aquella nueva versión abrió un frente completamente distinto dentro del proceso.


Entonces el proceso dejó de depender únicamente de aquella confesión. Había otro elemento mucho más difícil de explicar: restos biológicos de Mainar habían aparecido en el vehículo de Miguel Grima. El Tribunal Supremo destacaría posteriormente precisamente la presencia de ese ADN y la ausencia de una explicación razonable como prueba de cargo relevante, un dato que pesó mucho más que cualquier retractación posterior.



También se analizaron las circunstancias de la emboscada. Según los hechos considerados probados, Mainar esperó a Grima en la carretera, provocó que se detuviera y abrió fuego. El arma homicida nunca apareció, un cabo suelto que acompañó al caso durante todo el proceso judicial sin llegar a debilitar el conjunto de la prueba de cargo.


En diciembre de 2009 la Audiencia Provincial de Huesca condenó a Santiago Mainar a 20 años y nueve meses de prisión por asesinato, atentado y tenencia ilícita de armas. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia en octubre de 2010, cerrando así, al menos en el plano judicial, uno de los casos que más había dividido la opinión pública de los últimos años.


Pero Fago nunca fue únicamente un procedimiento penal. El verdadero protagonista secundario siempre fue el pueblo. Porque durante meses España observó aquella pequeña localidad como si detrás de cada ventana existiese una historia. Un lugar de apenas unas decenas de habitantes terminó expuesto públicamente. Sus disputas. Sus divisiones. Sus odios. Sus conversaciones privadas. Todo apareció en televisión, convertido en materia de debate nacional para gente que jamás había pisado aquel valle.



Años después los propios vecinos reconocían que el recuerdo continuaba causando demasiado dolor y que preferían dejar atrás aquel episodio. Para muchos de ellos, la exposición mediática resultó casi tan difícil de asimilar como el propio crimen: de vivir en el anonimato de un pueblo pequeño a convertirse, de la noche a la mañana, en personajes secundarios de un caso criminal seguido por todo el país.


Y probablemente ahí se encuentre la peculiaridad del crimen de Fago. Santiago Mainar fue condenado. La justicia determinó quién mató al alcalde. Pero antes de llegar a esa respuesta, aquel asesinato reveló algo mucho más incómodo: que un pueblo diminuto puede acumular exactamente las mismas ambiciones, rencores y luchas por el poder que una gran ciudad. Solo existe una diferencia. En una ciudad podemos ignorar a nuestro enemigo. En Fago había que cruzarse con él todos los días.


Miguel Ángel Arranz Molins
Miguel Ángel Arranz Molins

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