El asesino de los agricultores

Tres hombres mayores fueron asesinados en 44 días mientras trabajaban solos en sus tierras, dos en Navarra y uno en Lleida. Unas células de piel en el volante de un coche robado y el ADN hallado en una autocaravana condujeron a la Guardia Civil hasta un sospechoso que fue detenido en Francia casi año y medio después del primer crimen.
Hay asesinos que eligen a sus víctimas y otros que parecen elegir, simplemente, una oportunidad. Entre noviembre de 2023 y enero de 2024, tres agricultores de avanzada edad murieron de forma violenta mientras trabajaban solos en sus fincas. Dos de los crímenes se cometieron en la Ribera de Navarra; el tercero, a más de 200 kilómetros, en la provincia de Lleida. Durante semanas nada pareció relacionarlos: eran tres muertes en tres parajes distintos, sin testigos y sin un móvil evidente. La conexión no llegó de una confesión ni de un testimonio, sino de un coche abandonado.
Un olivar en Tudela

El primer crimen se produjo el 22 de noviembre de 2023. Pedro Oyón, de 68 años, había acudido a trabajar a un olivar de Tudela, como tantas otras veces, y allí encontró la muerte. Era un hombre mayor, en un terreno apartado y a una hora en la que apenas pasa nadie: el tipo de escenario en el que un agresor dispone de tiempo y la investigación, de muy pocos puntos de partida. En aquel momento el caso se abordó como lo que aparentaba ser, un homicidio aislado. Nada invitaba todavía a pensar que fuera el primero de una serie.
El huerto de Ribaforada y un Opel Astra

Menos de un mes más tarde, el 21 de diciembre, apareció la segunda víctima. José Luis Aguado, de 80 años, fue hallado muerto con signos de violencia en su huerto de Ribaforada, una localidad muy próxima a Tudela. El perfil se repetía —un hombre de edad avanzada, solo, en su tierra—, pero esta vez había un elemento nuevo: su coche, un Opel Astra, había desaparecido.
El vehículo fue localizado después en Lleida. Podía tratarse únicamente del medio que el autor había utilizado para huir, pero su interior guardaba algo mucho más valioso para los investigadores: ADN. Restos microscópicos de piel habían quedado adheridos al volante y a la zona del conductor. Aquel perfil genético no tenía todavía nombre ni rostro, y nadie podía saber entonces que acabaría siendo una de las piezas fundamentales del caso.
Vilanova de la Barca: el tercer crimen

El 5 de enero de 2024 volvió a ocurrir, ya en Cataluña. Ramon Rosell, de 84 años, había salido a trabajar en unos terrenos agrícolas de Vilanova de la Barca, en Lleida, y no regresó a casa. Fue su mujer quien salió a buscarlo y quien encontró el cuerpo. Rosell había sido víctima de una agresión extremadamente violenta y, como en Ribaforada, su vehículo había desaparecido.
El balance era ya difícil de atribuir al azar: tres hombres mayores, los tres agricultores, los tres sorprendidos mientras trabajaban prácticamente solos, y únicamente 44 días entre el primer asesinato y el último. El hallazgo en Lleida del coche sustraído en Navarra trazaba, además, una línea entre los dos territorios. Lo que hasta entonces eran tres expedientes empezó a leerse como uno solo.
95.000 incidencias y una autocaravana

Comenzó entonces una investigación de enormes dimensiones. La Guardia Civil llegó a revisar alrededor de 95.000 incidencias policiales en busca de cualquier elemento capaz de situar a un desconocido en el entorno de aquellos escenarios: denuncias menores, identificaciones, pequeños robos, intrusiones. Era un trabajo de descarte lento y poco vistoso, basado en la idea de que quien se mueve por una zona sin domicilio ni medios acaba dejando rastro en algún registro.
La pista apareció donde probablemente nadie la habría imaginado: en una autocaravana estacionada en Cárcar, Navarra. Tiempo atrás, alguien había entrado en ella, y no para robarla, sino simplemente para dormir. Quien pasó allí la noche dejó restos biológicos, y el perfil genético obtenido coincidía con el rastro que los investigadores perseguían desde el hallazgo del Opel Astra. Un incidente en apariencia menor quedaba así unido a una investigación por asesinato.
A esa coincidencia se sumó otra pieza: una cámara instalada cerca de un huerto había grabado a un individuo sospechoso. Las imágenes, los desplazamientos, los vehículos, los antecedentes y, finalmente, la genética fueron estrechando el círculo.
Del ADN anónimo a un nombre
La investigación terminó señalando a un hombre: Allal El Mourabit Ahmmar. Faltaba, sin embargo, lo esencial desde el punto de vista probatorio: demostrar que aquel sospechoso y el ADN desconocido pertenecían a la misma historia. Sin una muestra directa del investigado, los agentes recurrieron a una vía indirecta, y la Justicia autorizó la obtención de muestras genéticas de dos de sus hermanos.
El resultado reforzó la hipótesis policial: existía el parentesco esperado con el hombre cuyo ADN había aparecido a lo largo de la investigación. Para entonces, no obstante, el sospechoso ya se encontraba fuera de España.
Detención en Francia
El coche de la tercera víctima había sido localizado en Béziers, en el sur de Francia, y fue en ese país donde terminó el recorrido. El 25 de marzo de 2025, la policía francesa detuvo a El Mourabit; un mes después fue entregado a las autoridades españolas. Casi año y medio después de que apareciera el primer cadáver, los investigadores creían haber encontrado al hombre que buscaban. Corresponde ahora a los tribunales determinar su responsabilidad en los tres crímenes.
Un móvil sin explicar
Queda por responder la pregunta más inquietante: por qué. No había una fortuna de por medio, no existía aparentemente relación personal alguna entre las víctimas y no se conoce un conflicto que explique aquella sucesión de muertes. Lo único que compartían Pedro Oyón, José Luis Aguado y Ramon Rosell era una circunstancia: ser hombres mayores que trabajaban solos en el campo.
El caso deja tres asesinatos, dos coches desaparecidos y 44 días que alteraron la vida de varias localidades rurales. Deja también una constatación sobre la investigación criminal: a veces el autor no abandona en la escena un arma ni una huella dactilar, sino apenas unas células de piel sobre un volante. Puede parecer insignificante, hasta que alguien empieza a tirar del hilo.










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